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    Medieval fresco of nativity scene in earth tones

    ¿Contemplamos la Gloria?

    Si en verdad deseamos hallar aquel que se despojó de su propia divinidad, debemos vaciarnos de toda gloria.

    por Charles E. Moore

    lunes, 25 de diciembre de 2023
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    El Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros. Y hemos contemplado su gloria, la gloria que corresponde al Hijo unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

    —Juan 1:14

    Soren Kierkegaard escribió una vez que hay dos puertas en la vida y debemos elegir por cuál puerta entrar: Una puerta dice "Dios" y la otra dice "Sermón sobre Dios".

    Creo que esto también se puede decir cuando llega la Navidad. Una puerta dice "La gloria de Dios" y la otra dice "Celebrando la gloria de Dios".

    El apóstol Juan tiene claro por cual puerta él ha atravesado. Él mismo contempló la Palabra de Vida eterna y divina. Para él se hizo carne, de forma directa y personal. "Hemos contemplado su gloria", dice Juan, tan "lleno de gracia y de verdad" (Juan 1:14). Aunque la sociedad no pudo reconocer al Cristo, ni sus contemporáneos lo recibieron, para Juan y otros surgió un mundo completamente nuevo. Aquellos que escucharon con sus propios oídos, vieron con sus propios ojos y tocaron con sus propias manos esta Palabra de Vida (1 Juan 1:1-2) recibieron una bendición tras otra (Juan 1:16).

    Muchos otros también han sido testigos de esta Luz. La historia está repleta de innumerables señales de lo trascendente. El pasado está plagado de monumentos y tumbas, personas y lugares, pergaminos y libros, todos dando testimonio de aquel que creó todas las cosas y habitó en medio de ellos.

    Medieval fresco of nativity scene in earth tones

    Paolo Veneziano, Nativita', Iglesia de San Pantalon, Venecia, 1333. Wikimedia Commons

    Pero es fácil confundir la gloria de estas luces menores —recipientes incompletos por medio de los cuales podemos ver la gloria de Dios— para descubrir la verdadera Gloria. Por magníficas luces que sean, todas ellas palidecen a la luz de aquel que es "el resplandor de la Gloria de Dios". No debemos confundir lo luminoso de nuestros pensamientos, la profundidad de nuestras experiencias espirituales, la bendición de nuestras acciones e intenciones, la bondad de nuestras obras, con la maravilla de la Palabra de Dios en medio de nosotros.

    Para contemplar la gloria de Dios, para ser percibidos por el único lleno de gracia y de verdad, si en verdad deseamos hallar Aquel que se despojó de su propia divinidad, debemos vaciarnos de toda gloria.

    El místico Maestro Eckhart escribió que "El mayor éxito en esta vida es mantener serenidad y dejar que Dios actúe y hable en nosotros". Sí. Eso es la Navidad: ¡dejar que Dios esté con, y en, nosotros! Antes de que el Niño Jesús reposara en un pesebre, reposaba oculto en el vientre de María. Contemplar la gloria de Cristo significa que nuestra manera habitual de ser tiene que cambiar radicalmente. Porque, como dice Eckhart, conocer a Dios personalmente exige una especie de inconciencia. Un “sin saber sabiendo" que nos aleje de nosotros mismos y nos lleve al nacimiento divino de Cristo.

    En Navidad, como María, debemos reflexionar y atesorar lo que realmente sucedió en Belén (Lc 2:19). Cuando lo hagamos, al igual que los Reyes Magos, nos inclinaremos en silencio. Dejaremos de hacer lo que estamos haciendo y permitiremos que Dios haga su voluntad.

    "Uno de los posibles peores fracasos en la vida", señaló una vez William Sloane Coffin, es "tener una experiencia y errar su significado". Contemplar la gloria de Dios en el Niño Jesús es recapturar el significado mismo de la existencia. Significado que es el cimiento de todo esfuerzo humano y que trasciende también todo lo que buscamos. Nos detiene para reflexionar.

    Cuando el Verbo, el Logos, la Razón Última del ser irrumpe en medio de nosotros, nace un nuevo tipo de creación (Juan 1:12) y nuestra "normalidad" se tuerce al revés. Nuestras vidas son transformadas a tal punto que Dios es libre de realizar su plan redentor, en y a través de nosotros. Nos sentiremos atrapados por algo más que nuestros propios deseos y sueños, nos sentiremos abrumados por lo pequeño, lo minúsculo e insignificante que somos y que son nuestros planes y logros. Descubriremos un significado nuevo e iniciaremos vivir en los términos de Dios y no en los nuestros. Renovados, nos rendiremos a la voluntad de Dios sin condiciones, sin reservas, sin remordimientos.

    ¿Cómo puede repetirse hoy el milagro de la Navidad? ¿Cómo poder contemplar la gloria de Dios en su plenitud, y acoger aquel que no tiene dónde recostar la cabeza?

    Jesús, la salvación de Dios, entra y contemplamos de nuevo toda su Gloria.

    Jesús dice: "el que recibe en mi nombre a un niño como este, me recibe a mí" (Mt 18:5). La confianza inocente, la vulnerabilidad y pureza de un niño pequeño pueden, si lo acogemos de verdad, llevar la gloria de Cristo a nuestro corazón. ¿Existe algo mejor para recordar lo pequeño que somos y lo grande que es Dios que reflexionar sobre el misterio de la hermosura de un bebé? Guardar silencio y mirar a los ojos de un recién nacido puede calmar nuestras ocupadas y complicadas vidas. El milagro que nos paraliza de angustia por la debilidad de la humanidad, puede ponernos en el lugar del Niño Jesús.

    De manera semejante, Jesús recordó a sus discípulos que quien da de comer o vestir o beber a uno de sus hermanos o hermanas más pequeño, o visitarle en la cárcel, "lo hace por Él" (Mt 25:40). Encontramos la gloria de Cristo no sólo en la grandeza de la creación o en la magnificencia de alguna catedral, sino como dice la Madre Teresa: en su más angustioso disfraz, los pobres. Cuando nos humillamos y abrazamos personalmente la dignidad y el valor de alguien que ha sido rechazado o abatido, cuando nos dirigimos tangiblemente a los "perdedores" de la sociedad en simples actos de amor, entonces el amor de Cristo viene a nosotros. Contemplamos su gloria. En los que menos valoramos se esconde el tesoro de Dios: riqueza que encontramos envuelta en un pesebre.

    Por último, Jesús nos dice que donde dos o tres se reúnen en su nombre, Él está allí (Mt 18:20ss). Los que se reúnen en su nombre —no por habito o costumbre u obligación, ni por mero compañerismo humano— encuentran algo, Alguien, más allá de ellos mismos. La Luz irrumpe en las tinieblas. Nos perdonamos unos a otros y somos perdonados. Recibimos bendición tras bendición por medio de un abrazo fraterno con lágrimas en los ojos, extendiendo la gracia y la verdad de Dios al hermano o la hermana. Lo que está mal se corrige, lo que está roto se restaura, lo que está peleado se reconcilia. Así, lo que ocurre entre nosotros es Navidad. Jesús, la salvación de Dios, entra y contemplamos de nuevo toda su Gloria.

    Él es la "luz verdadera que alumbra a todo hombre" (Jn 1:9). Echaremos de menos esta luz si no nos detenemos y la contemplamos. Entonces, busquemos esa luz y acojámosla. “Hemos contemplado su gloria, la gloria que corresponde al Hijo unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad (Juan 1,14)”. Es la Luz de la Navidad que sigue brillando para todo aquel que desee verla.


    Traducción de Carlos R. González Ramírez

    Contribuido por CharlesMoore Charles E. Moore

    Charles E Moore es escritor y editor colaborador para Plough. Es miembro del Bruderhof, un movimiento comunitario intencional basado en el Sermón del Monte.

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