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Dar gracias a Dios en toda situación

por Stan Ehrlich

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Este artículo es parte de una serie de extractos de diferentes cartas escritas por Stan Ehrlich entre 1998 y 2004, año de su muerte, a hombres y mujeres encarcelados. Stan fue un sobreviviente del holocausto nazi. Sin anteponerse a la gente que aconseja, él más bien los dirige con humildad, amor y cariño, al camino angosto y la vida nueva en Cristo.

Contigo doy gracias a Dios por todas las bendiciones recibidas, y en particular, las que tú enumeras. A saber el haber podido viajar confortablemente a pesar del estado de mi salud (¡con oxígeno en el avión, en silla de ruedas por las distancias largas en los aeropuertos!). Para poder atender la boda de nuestro hijo, y todos gastos pagados por él, que nosotros no habríamos podido nunca. Te cuento para decirte, hermanito, cuán acertado estás cuando destacas todas las bendiciones que he recibido en mi vida.

No puedo sino repetir tus mismísimas palabras, que todo ello es regalo de Dios, y nunca, nunca mérito. Pero el regalo más grande es el de la fe, que nos da aún más que los goces recibidos en esta vida, que eso sí, son grandes, pero los recibo sabiendo yo la deuda que me imponen, y que sigo siendo deudor. Pero ¡al mismo tiempo recibo la amistad y al amor fraternal de cuantos tienen esta misma fe, y entre ellos, tú, querido hermano!

Y sabiendo esto, acepto con mucha reserva tus palabras de aprecio, no para crédito mío, sino más bien como expresión de la alegría que ambos sentimos en la fe del otro. Soy como tú dices en tu carta, una persona favorecida y bendecida, pero por eso mismo obligada a compartir esos dones con los que me rodean. Lo mismo, querido hermano, es verdad para ti. Dios te ha bendecido con una fe muy especial, y tú tienes la misma obligación de compartir.

Todo ello es regalo de Dios, y nunca, nunca mérito. Pero el regalo más grande es el de la fe.

Aquí, en los días de la Pascua, hemos dado especial atención a la parábola de los tres mayordomos a quienes el patrón dio respectivamente tres sumas de dinero para que se las administren bien, y los primeros dos devolvieron cada uno el doble de lo recibido, pero el tercero no se había atrevido a  invertir el dinero recibido, y le devolvió al patrón la mismita moneda recibida, por lo cual fue castigado. A ti y a mí se nos ha confiado mucho, y es obligación nuestra usar estos «dones» ahora para que den fruto. ¿Estás de acuerdo? Dices que muchas veces no sabemos apreciar y por eso es necesario que se nos recordemos el uno al otro.

Hablas con acierto de la «vida mejor» que a veces deseamos. Seguro, todos tenemos momentos de flaqueza. Pero para el creyente, una vida mejor significa vida más dedicada, más agradecida, más puesta al servicio del vecino. Para la persona mundana, una vida mejor significa más goces. Y ¡así está el mundo! Pero es bueno y te lo agradezco que de vez en cuando me recuerdes que nuestra vida es tanto mejor cuanto más sirve.


Me sentí rodeado por tu fraternal amor, tu afecto, tu fe y tu confianza en Dios. Y tu amistad. Todo esto, querido hermano, lo valoro y lo miro como parte de las muchísimas gracias que Dios me ha dado en mi vida. Ojalá pudiera yo retribuir en algo, que no lo puedo, y en esto precisamente reside el amor de Dios — que es totalmente gratuito.

Querido hermano, desde luego te agradezco la confianza con la cual me revelas los datos de tu futuro. Son impresionantes, ¿qué más puedo decir? También leo en tus líneas, o más bien entre ellas, que a ti te pesa también. Mira, ya lo creo, esto es natural, pero también quiero asegurarte que yo no veo ni hay ninguna contradicción entre este pesar tuyo por un lado, y por el otro lado tu magnífica fe y confianza en Dios de que él te ha dado la certeza de que ya posees el acceso a su Espíritu. Y en las últimas cartas ya hemos caído de acuerdo con que el dolor, cuando bien comprendido, no te resta a la gracia de Dios.

Estoy persuadido que los grandes santos que fueron martirizados por su fe consideraban al dolor que sufrían como parte del dolor de Cristo en la cruz, y al perdonar a los que se lo infligían, se tornaban también en instrumentos activos de la redención. También estoy seguro de que esos santos se daban perfectamente cuenta de que el mal que sufrían era temporario, mientras su identificación con Cristo llevaba a vida eterna.

Me siento animado para decirte esas cosas por tus mismísimas palabras. Ya por cartas anteriores sabes que yo no me considero ningún profesor ni ningún santo varón. Hasta mi encuentro con Cristo he llevado vida de vago y he cometido todos los pecados. Se miente, se engaña, se roba en la sociedad del mundo en tantas ocultas e hipócritas formas, que esto sí le escapas a la prisión, pero a los ojos de Jesús estamos en la misma. Y él ha tocado tu corazón y el mío, y en retorno representas tú su causa allí donde tú estás, y yo trato de hacerlo en donde yo estoy. Y donde estoy yo soy más alumno que maestro, que está bien que sea así, mientras donde estás tú, tú eres más maestro que alumno. Y esto también está bien que sea así.

El punto está en cómo es que respondemos a las bendiciones que recibimos. Sí, es verdad, yo he recibido muchísimas. Pero, ¿he respondido adecuadamente?

Querido hermano, me refiero a este pasaje de tu carta en el cual dices que he disfrutado de más bendiciones en mi vida que tú en la tuya. Hermano, no sé si se puede decir esto. Me parece que el punto está en cómo es que respondemos a las bendiciones que recibimos. Sí, es verdad, he recibido muchísimas. Pero, ¿he respondido yo adecuadamente? Estoy preguntándome esto en vista de cómo tú, querido hermano, respondes agradecido y satisfecho a las que te han sido dadas en medio de tantas cosas que te hacen falta. ¿Entiendes?

Mira, yo tengo 83 años, con un corazón que despacito va fallándome. No tengo consejo ni nada para darte. Estoy rezando para ti. Pero puedo afirmarte que tú me das valor para aguantar lo que a lo mejor tengo que aguantar yo, y tú me afianzas en mi fe de que mientras estemos, y nos sepamos en las manos de Dios, estamos bien. Dices otro tanto con tus propios palabra, y si tú, hermanito, tienes esa fe y te remites enteramente a la voluntad de Dios, no quiero hacer menos yo. Y quiero seguir en todo el consejo que tú me das, y «dejarlo todo en las manos de Dios», y que se haga su santa voluntad, como dices tú.

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Contribuido por Portrait of Stan Ehrlich Stan Ehrlich

Stan Ehrlich, un judío alemán-belga y sobreviviente del Holocausto, se convirtió a la fe cristiana a la edad de 34. Luego compartió sus pensamientos con un amplio círculo de amigos y parientes con quienes mantenía una correspondencia extensa.

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