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En honor a los niños difíciles

por Johann Christoph Arnold

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En una cultura repleta de oportunidades para competir es bastante fácil encontrar reinas adolescentes del pop, prodigios académicos y precoces jóvenes ejecutivos y empresarios.

Pero existen otras historias que no siempre se convierten en noticias. Son las historias de los discapacitados en su desarrollo, los desertores escolares y los delincuentes juveniles. Existe el dolor silencioso de los obesos, los torpes y los lentos. También la epidemia de los hiperactivos, los medicados y los deprimidos. Así que muchos niños carecen de esperanza, no necesariamente porque haya algo malo en ellos, sino sencillamente porque se les ha hecho sentir que son perdedores.

En lugar de callar a los niños que nos avergüenzan, en lugar de reprimir a los que no se adaptan, en lugar de analizar a los que tienen problemas y sacar conclusiones sobre su futuro como delincuentes, necesitamos darles la bienvenida a todos tal como son. Al ayudarnos a descubrir las limitaciones de la «bondad» y el aburrimiento de la conformidad, ellos pueden enseñarnos la necesidad de ser genuinos, la sabiduría de la humildad, y la realidad de que en la educación y en la crianza de los hijos, como en cualquier otra cosa, nada bueno se gana sin luchar.

Tenemos que ayudar a cada niño a hacer lo mejor con lo que tiene, mientras respondemos a sus desafíos específicos. Aprendamos de la historia de Kyle, como la cuenta Irene, su madre:

Kyle tenía seis años cuando fue diagnosticado con el TDAH. Cuando leímos la lista de síntomas, sabíamos que lo describía bien: se distraía con facilidad, tenía dificultad para jugar tranquilamente, hablaba demasiado, tenía problemas para esperar su turno, respondía abruptamente antes que se completara la pregunta, era impulsivo, se retorcía, era inquieto, se mecía al estar sentado, tenía problemas para concentrarse; todo eso era Kyle. Pero, ¿eso significaba que tenía una discapacidad? Nos preguntábamos quién había definido esos misteriosos límites entre la normalidad y la discapacidad.

Kyle está dos pasos delante de mí.

Kyle nació prematuro, era un niño dormilón que apenas abría sus ojos. A los tres meses despertó y comenzó una vida intensa. Pataleaba en su cuna a menos que se le diera un nuevo juguete o móvil. Nunca se acurrucó con un animal de peluche y no le gustaba sentarse en las piernas. Comenzó a dar sus primeros pasos a los nueve meses y estaba corriendo al primer año. Cuando se le daba un rompecabezas, lo tiraba y lo volvía a armar rápidamente usando las dos manos.

Palabras y frases completas fluían de su boca como catarata. Siempre estaba ocupado, metiéndose en todo, y apropiándose de los juguetes de otros niños. En el cuidado infantil, su maestro nos dijo «Si no estoy un paso adelante de Kyle, él está dos pasos delante de mí». A los tres años, corría delante de su grupo y se trepaba en un árbol muy alto para explorar la casita del árbol, mientras su maestro lo buscaba por todos lados. Siempre corriendo, saltando o trepando, se rompió la clavícula en dos ocasiones.

En el primer grado se rebeló contra la rutina del horario escolar. Se portó mal y quebrantó las reglas. No tenía muchos amigos. Se sentía frustrado. Nosotros estábamos frustrados. Parecía que no importaba lo que intentáramos, nada funcionaba. Excepto estar afuera.

Los fines de semana, Kyle pasaba horas observando insectos o trepando árboles y sentándose en las ramas mirando los pájaros. Descubrió nidos y comenzó a coleccionarlos, aprendiendo diferentes formas de pájaros. Escuchando grabaciones, memorizó sus cantos y en los paseos de la familia él podía identificar a los pájaros correctamente, incluso antes de verlos.

El verano traía la alegría de dormir afuera en el patio trasero, haciendo fogatas, asando malvaviscos, durmiendo a la intemperie bajo millones de estrellas. Su padre le ayudó a hacer un pequeño bote, y pasaron horas navegando por torrenciales aguas. Debimos haber recorrido cientos de kilómetros en caminatas y bicicleta, solo para acompasar el ritmo de Kyle.

Pero el otoño siempre llega. Kyle tuvo que regresar al salón de clases, el exceso de estimulación, las demandas. Decidimos tomar acción. Trabajando con sus maestros y nuestro doctor familiar, se nos ocurrió una estrategia.

Comenzamos por descongestionar su habitación y el área de su escritorio en la escuela. Sacamos muchas pinturas, juguetes, libros y juegos, dejando espacio para nidos de pájaros, conchas de mar y trozos de madera. Bajamos el tono de la combinación de colores en su habitación, quitando todo lo brillante y aplicando en su lugar colores pastel.

Hicimos un recorte en las actividades: en las tardes después de un ocupado día de escuela, llegábamos a casa para relajarnos leyendo en la casa del árbol o en el sofá, en lugar de jugar a la pelota. Ya no aceptábamos todas las invitaciones a las casas de otra gente. Amablemente les decíamos que ya teníamos planes, para no herir los sentimientos de nadie, ¡pero nuestros planes eran estar tranquilamente en casa!

Solo sigan caminando, y no dejen de amar.

Si se acercaba un cumpleaños o excursión de campamento, no le avisábamos con demasiada anticipación, pues esa expectativa no valía la pena el exceso de entusiasmo. Mantuvimos un horario regular en la medida de lo posible, la misma rutina cada día. Hicimos un pacto de darle estímulo positivo cuando lograra algo, en lugar de negativo cuando no lo hiciera (aun cuando el último ocurriera más seguido). En resumen, tomamos la vida día a día, paso a paso, lo cual es en realidad la forma en que viven los niños.

Al final, la naturaleza siempre fue la medicina más efectiva. Un día de invierno, él estaba sentado tranquilamente, alimentando a un pájaro carbonero con su mano abierta. Un visitante de la escuela le preguntó cómo había domesticado al pájaro. Su sabio maestro comentó: «Kyle no domesticó al pájaro, el pájaro lo domesticó a él».

A todos los padres que están luchando por ayudar a su hijo excepcional a encontrar la ruta hacia adelante, solo sigan caminando, y no dejen de amar. Kyle prosiguió una exitosa carrera en ciencias de computación. Está felizmente casado y tiene dos hijos pequeños. Recientemente ha comprado una casa completa, con un gran patio trasero lleno de árboles, para que sus hijos descubran su lugar en la naturaleza como él lo hizo.


Este artículo está extraído del capítulo “En honor a los niños difíciles” del libro Su nombre es hoy.

latino girl holding red leaf Foto cortesía de Community Playthings
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