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Child running toward her mother

Cuando los niños sufren

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Aun así me quedaría este consuelo esta alegría en medio de mi implacable dolor: ¡el no haber negado las palabras del Dios Santo! – Job 06:10

Cuando un niño sufre y muere, es la madre quien (aparte del niño) siente el dolor más profundo. Yo experimente esto personalmente en mi vida. Dos de mis hermanas murieron en su infancia, y aunque nunca las vi con vida, sé muy bien la necesidad que la enfermedad y muerte de ellas trajo a mis padres, en especial a mi madre.

Mi esposa y yo perdimos a una nieta a un mes de nacida. Ella tenía trisomía 13, y aunque ella no vivió mucho tiempo; conmovió a miles de personas y aún hoy mueve corazones. Un poema escrito por otra de mis nietas expresa mejor acerca de ella:

Aunque corta fue la vida, la luz jamás murió –
A todo corazón derritió, ya gritar podemos;
Al mensaje de un niño, corazones atentos están:
Jesús vendrá de nuevo, Amén.

Cualquiera que ha estado al lado de un niño moribundo sabrá a qué me refiero cuando hablo de la lucha por la vida que persiste en cada alma y cuerpo. Esta lucha es independiente del deseo de los padres por la vida del niño; independiente incluso de la espera y anhelo del propio niño de ser liberado del dolor.

Esta persistente voluntad de vivir existe en cada persona, no sólo en los niños. Está presente incluso en los ancianos. Ellos pueden estar en los umbrales de la eternidad, preparados y listos para irse, orando a Dios para ser liberados de su miseria. Sin embargo, cuando llega el momento – incluso cuando el cuerpo ha dejado de funcionar – aún es difícil desprenderse de la vida.

Dios está con cada niño que sufre. A menudo, esto puede parecer demasiado difícil o inclusive imposible de creer. ¿Por qué a mi hijo, por qué nosotros tenemos que llevar semejante dolor? ¿Por qué Dios nos da un niño para amarlo y luego nos lo quita otra vez? ¿Cómo puede nuestra pena servir para algo?

Aunque nadie puede responder de manera satisfactoria a estas preguntas, sabemos que ninguno de nosotros está exento de sufrimiento. Si podemos aceptar esto, aun sin entenderlo, vamos a encontrar paz y sentido en él. Por lo menos debemos ser capaces de ver que el sufrimiento nos puede acercar a Dios y traer compasión por los demás.

Más que los adultos, los niños a menudo tienen una inclinación natural por la fe, porque están más cerca de Dios. Cuando nosotros experimentamos tal fe, debemos tener cuidado de no reprimirla, sino fortalecerla para lograr que sea el fundamento con el cual poder confrontar futuras tormentas. Mi padre escribe:

Nadie se encuentra más cerca del corazón de Jesús que los niños, y Él los señala como un ejemplo para nosotros. El hecho de que los niños tienen que sufrir es muy extraño. Es como si estuvieran pagando la culpa de otra persona, como si ellos sufrieran por una creación caída. En cierto modo, ellos parecen estar pagando el precio del pecado –aun cuando no han tomado parte activa en él. Tal vez el sufrimiento de los niños tiene una estrecha relación con el mayor sufrimiento soportado jamás: el sufrimiento de Dios, el sufrimiento de Cristo por una creación perdida. Por lo tanto el sufrimiento de un niño siempre tiene un profundo significado.

En una sociedad cuyo ideal es evitar el sufrimiento a cualquier costo, nosotros no debemos olvidar que Cristo redimió al mundo a través del sufrimiento. Visto de esta manera, el sufrimiento puede cambiarnos y ayudar a profundizar nuestra fe. Sin fe, el sufrimiento puede amargarnos; mas tener fe puede salvarnos – aun cuando es difícil de aguantar.

child holding paper dolls of a family
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