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A imagen de Dios

por Johann Christoph Arnold

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Y Dios dijo: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza. Que tenga dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves del cielo; sobre los animales domésticos, sobre los animales salvajes, y sobre todos los reptiles que se arrastran por el suelo.» Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó, y los bendijo con estas palabras: «Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar y a las aves del cielo, y a todos los reptiles que se arrastran por el suelo». Génesis 1:26–28

En el capítulo de apertura de la historia de la creación leemos que Dios creó al ser humano —varón y mujer— a su misma imagen, y que él los bendijo y les ordenó que fueran fructíferos y cuidaran la tierra. Desde el mismo principio, Dios se muestra a sí mismo como el creador «y Dios consideró que esto era bueno». Aquí, exactamente en el comienzo de la Biblia, Dios nos revela su corazón. Aquí descubrimos el plan de Dios para nuestra vida.

Muchos cristianos modernos, si no la mayoría, descartan la historia de la creación como un mito. Otros insisten que solo la estricta, la más literal interpretación de Génesis es válida. Yo simplemente tengo reverencia por la palabra de la Biblia como ella es. Por un lado, yo no pensaría en argumentar algo en ella; y por otro lado, creo que los descubrimientos científicos nos previenen a no tomar demasiado literalmente el relato de la creación. Como Pedro dice: «Para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día» (2 Pe 3:8).

La imagen de Dios nos coloca aparte

Exactamente cómo fueron creados los seres humanos es un misterio que permanece para que solo el creador lo revele. Sin embargo, estoy seguro de una cosa: ninguna persona puede encontrar sentido o propósito sin Dios. En lugar de descartar la historia de la creación sencillamente porque no la entendemos, necesitamos encontrar su interior, su verdadero sentido, y redescubrir su significado para nosotros hoy.

En nuestra época depravada, la reverencia para el plan de Dios como se describe en Génesis está casi completamente perdida. No atesoramos lo suficiente el sentido de la creación —el significado de ambos hombre y mujer como criaturas formadas a la imagen y semejanza de Dios—. Esta semejanza nos separa de manera especial del resto de la creación y hace sagrada cada vida humana (Gn 9:6).

Ver la vida de otra manera —por ejemplo, ver a otros solo a la luz de su utilidad, y no como Dios los ve— es despreciar su valía y su dignidad.

¿Qué significa ser creados «a imagen de Dios»? Significa que nosotros tenemos que ser una estampa viviente de quién es Dios. Significa que tenemos que ser sus colaboradores, que avanzan su obra de crear y nutrir la vida. Significa que le pertenecemos a él, y que nuestro ser, nuestra misma existencia, siempre debe permanecer relacionada con él y ligada a su autoridad. En el momento en que nosotros mismos nos separamos de Dios perdemos perspectiva de nuestro propósito aquí en la tierra.

En el libro del Génesis leemos que tenemos el espíritu viviente de Dios: «Y Dios el Señor formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz hálito de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente» (Gn 2:7). Al darnos su espíritu, Dios nos hizo seres responsables porque poseemos la libertad para pensar y actuar, y hacerlo así en el amor.

Pero aun si poseemos un espíritu viviente, solo permanecemos imágenes del creador. Y cuando miramos a la creación de la manera centrada en Dios, no centrada en el ser humano, entenderemos nuestro verdadero lugar en su orden divino de cosas. La persona que niega que Dios es su origen, que niega que Dios es una realidad viviente en su vida, pronto estará perdida en un terrible vacío. Finalmente, se encontrará a sí misma atrapada en la auto-idolatría que trae consigo auto-desprecio y un desprecio por la valía de otros.

Todos anhelamos lo que es imperecedero

¿Qué hubiera sido si Dios no hubiera soplado su aliento en nosotros? Toda la teoría de la evolución de Darwin, por sí misma, es peligrosa e inútil porque no es teocéntrica. Algo dentro de cada uno de nosotros grita contra la idea que hemos sido incubados por un universo sin propósito. En lo profundo del espíritu humano existe una sed por lo que es perdurable e imperecedero.

Como hemos sido hechos a la imagen de Dios, y Dios es eterno, nosotros no podemos, al final de la vida simplemente desaparecer de nuevo como el humo. Nuestra vida está enraizada en la eternidad. Christoph Blumhardt escribe: «Nuestra vida lleva la marca de la eternidad, del Dios eterno quien nos creó a su imagen. Él no quiere que seamos tragados en lo que es transitorio, sino que nos llama a lo que es eterno»1.

Dios ha colocado la eternidad en nuestro corazón, y bien profundo dentro de nosotros existe un anhelo por la eternidad. Cuando negamos esto y vivimos solo para el presente, todo lo que nos pase en la vida permanecerá encubierto en rompecabezas atormentadores, y permaneceremos profundamente insatisfechos. Esto es especialmente cierto en el área sexual. El sexo ocasional profana el anhelo del alma y su capacidad por lo que es eterno. Ninguna persona, ningún arreglo humano, nunca puede llenar esta ansiedad de nuestra alma.

La voz de la eternidad habla más directamente a nuestra conciencia. Por consiguiente, la conciencia es quizás el más profundo elemento en nosotros. Ella nos advierte, alienta y ordena en la tarea que Dios nos ha dado (Rom 2:14-16). Y cada vez que el alma está herida, nuestra conciencia nos hace ser dolorosamente conscientes de ello. Si escuchamos a nuestra conciencia, ella nos puede guiar. Cuando estamos separados de Dios, sin embargo, nuestra conciencia titubea y se extravía. Esto es cierto no solo en un individuo, sino también en un matrimonio.

Ya en Génesis 2 leímos acerca de la importancia del matrimonio. Cuando Dios creó a Adán, expresó que todo lo que había hecho era bueno. Entonces él creó a la mujer para ser una ayuda idónea y una compañera para el hombre, porque Dios vio que no era bueno para el hombre estar solo. Este es un profundo misterio: hombre y mujer —lo masculino y lo femenino— pertenecen juntos como una imagen de quién es Dios, y ambos pueden encontrarse en él. Juntos, ellos llegan a ser lo que no pueden ser separados ni solos.

Todo lo creado por Dios nos da una percepción de su naturaleza: poderosas montañas, inmensos océanos, ríos y grandes extensiones de agua; tormentas, truenos y relámpagos, enormes témpanos de hielo; praderas, flores, árboles y helechos. Hay poder, rudeza y valor, pero también hay mansedumbre, maternidad y delicadeza. Y así como las varias formas de vida en la naturaleza no existen cada una por su cuenta, los hijos de Dios tampoco, varón y mujer, existen solos. Ellos son diferentes, pero ambos son hechos a la imagen de Dios, y ellos se necesitan mutuamente para cumplir cada uno su verdadero destino.

Cuando la imagen de Dios es estropeada, las relaciones de la vida pierden propósito

Es una tragedia que en mucho de la sociedad de hoy la diferencia entre un hombre y una mujer es borrosa y distorsionada. La imagen pura y natural de Dios ha sido destruida. Hay un sinfín de conversaciones acerca de la igualdad de la mujer, pero en la práctica las mujeres son abusadas y explotadas mucho más que nunca. En las películas, la televisión, las revistas y las carteleras de

cine la mujer ideal (y cada vez más el hombre ideal) es retratada como un mero objeto sexual.

Generalmente hablando, los matrimonios en nuestra sociedad ya no son considerados más como sagrados. Ellos son vistos crecientemente como experimentos o como contratos entre dos personas que miden todo en función de sus propios intereses. Cuando el matrimonio falla, existe la opción del «divorcio sin culpas», y después de eso un nuevo intento de matrimonio con otra persona como compañera. Muchas personas ni siquiera se molestan ya más en hacer promesas de fidelidad; ellas solo viven juntas. Las mujeres que crían hijos o permanecen casadas con el mismo esposo son algunas veces despreciadas. E incluso cuando su matrimonio es saludable, ellas son a menudo vistas como víctimas de opresión y quienes necesitan ser «rescatadas» de la dominación del varón.

Frecuentemente, los niños ya no son atesorados. En el libro del Génesis, Dios ordenó: «Sean fructíferos y multiplíquense». Hoy en día evitamos la «carga» de la prole no deseada por medio de abortos legalizados. Los niños son vistos como una molestia; ellos salen demasiado caros para traerlos al mundo, para criarlos, para darles una educación universitaria. Son una carga económica en nuestra vida materialista. Incluso son demasiado demandantes como para amarlos.

¿Debería sorprendernos que tantas personas en nuestro tiempo hayan perdido la esperanza, que tantas personas hayan renunciado a la posibilidad de un amor duradero? La vida ha perdido sus valores; ha llegado a ser barata. La mayoría de las personas ya no la ven como un don de Dios. Los avances en ingeniería biomédica y en las técnicas de selección de fetos hacen posible a un número creciente de parejas escoger un aborto por razones egoístas. Sin Dios, la vida es absurda, y solamente hay oscuridad y la herida profunda de estar separados de él.

A pesar de los esfuerzos de muchos individuos dedicados, la iglesia hoy ha fallado completamente al luchar con esta situación. Más todavía, cada uno de nosotros tiene que regresar al principio y preguntarse una vez más: «¿Por qué Dios crea al hombre y a la mujer en primer lugar?» Dios creó a cada persona a su imagen, y él ha establecido una tarea específica para cada hombre, mujer y niño en esta tierra, una tarea que él espera que la cumplamos. Nadie puede hacer caso omiso del propósito de Dios para su creación o para sí mismo sin sufrir una necesidad interior profunda (Sal 7:14–16).

El materialismo de nuestro tiempo ha vaciado la vida de propósito moral y espiritual. Nos separa los unos de los otros y nos estorba para ver el mundo con respeto y admiración y para ver nuestra verdadera tarea. La enfermedad del alma y del espíritu causada por el consumismo ha calado tan profundamente en nuestra conciencia que ya no es posible mirar claramente lo bueno y lo malo. Sin embargo, aún existe una necesidad profundamente arraigada en cada uno de nosotros que nos hace anhelar lo que es bueno y correcto.

Encontraremos salud solo si creemos firmemente que Dios nos creó y que él es el dador de la vida, el amor y la misericordia. Como leemos en el tercer capítulo del Evangelio de Juan: «Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él» (Jn 3:16–17).

En el Hijo de Dios —en Jesús— la imagen del creador aparece con suma claridad y fuerza (Col 1:15). Como imagen perfecta de Dios, y como la única senda al Padre, él nos trae vida y unidad, gozo y cumplimiento. Solamente cuando nuestra vida es vivida en él podemos experimentar su verdad y bondad, y solo en él podemos encontrar nuestro verdadero destino. Este destino es ser imagen de Dios: dominar sobre la tierra en su espíritu, el cual es el creativo, espíritu de amor, dador de vida.


1. Johann Christoph y Christoph Friedrich Blumhardt, Now is Eternity (Farmington, PA: Plough, 1999), 28. Christoph Friedrich Blumhardt (1842–1919) fue un pastor alemán, autor y socialista de inspiración religiosa.

Extraído del libro Dios, sexo y matrimonio.

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