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Morning over the bay

Un reconocimiento a Nelson Mandela

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Cuando murió Nelson Mandela el 5 de diciembre a la edad de 95 años, muchos encabezados naturalmente mencionaron su larga vida. Pero aún más impresionante para mí, fue su edad en el lejano 1990, cuando fue liberado después de 27 largos años tras las rejas. Recordando ese día, Mandela dijo una vez, “Cuando finalmente caminé entre esas puertas para subir a un automóvil al otro lado, sentí que —aún a la edad de 71 años— mi vida estaba empezando de nuevo.”

Yo acabo de cumplir 73 años. La mayoría de personas de mi edad sienten que sus vidas ya están concluyendo; que es la hora para finiquitar cosas. Muchos hasta hablan de tirar la toalla. Creen que han hecho su parte y dado su contribución a la sociedad. En contraste con el momento cuando la mayoría de personas estaría feliz y conforme con la jubilación, Mandela salió de la cárcel con la energía de un estadista joven: empeñado en librar a su pueblo, sanar a su patria dividida, y unir todo un continente en la lucha contra el hambre, la mortalidad infantil y la SIDA.

Cuando yo hablo a los estudiantes de nivel secundaria, sobre la importancia de encontrar buenos modelos a seguir, a menudo menciono la increíble vida de Nelson Mandela. Hay pocos ejemplos mejores que se me ocurren para tratar cuestiones como el sacrificio personal, la tenacidad y —más significante— la buena disposición para trabajar por la paz. He aquí un hombre negro, quien sufrió los peores excesos de crueldad y humillación racista, y una vez juró derrocar a sus opresores blancos por medios violentos. Y sin embargo, por medio del sufrimiento, descubrió los vínculos comunes que unen a todos los humanos —aún prisioneros y guardias— y así eventualmente se convirtió en uno de los defensores más fervientes del perdón y la reconciliación en su siglo. (Como escritor, el promocional que más he valorado es la respuesta animadora que escribió Mandela en mi libro Setenta veces siete.)

Por supuesto Mandela tenía pies de barro como todos nosotros. No fue perfecto para nada: su vida privada fue muy tormentosa, incluyendo tres matrimonios y dos divorcios. Pero él también tenía la humildad para reconocer esto: “No soy un santo,” dijo una vez, “a menos que te imágenes a un santo como un pecador que continúe intentando.” A pesar de sus fallas humanas, él se dio a sí mismo sin cansancio, año tras año, y terminó inspirando a millones. ¿Cuántas personas se les pueden declarar como el prisionero más infame, el presidente mejor conocido y el pacificador más venerado de su país?

Al final, por supuesto, fama y honor cuentan para muy poco. La influencia de Mandela se ha declinado mientras pasan los años, y el país que antes dirigía está tan acosado como nunca —lleno de violencia y dividido profundamente. Mientras una nueva generación se esfuerza en levantar y llevar su antorcha, ya se ha debilitado su legado. Así, permanece el reto de la vida de Mandela, y no sólo para los sudafricanos. Seamos famosos o desconocidos; tengamos un año o veinte (o hasta cincuenta) frente a nosotros, la vida nos llama a cada uno a mantener prendida nuestra luz, y a dar fruto, —y continuar luchando por el tipo de santidad personificado por Mandela: pecadores que continúan intentando.


Johann Christoph Arnold es autor de once libros; el más reciente se llama La riqueza de los años.

Bust of Nelson Mandela beside the Royal Festival Hall, London
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Artículos y libros electrónicos por Johann Christoph Arnold sobre matrimonio, discipulado, oración y la búsqueda de paz. Página de inicio oficial de Johann Christoph Arnold.

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