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Morning over the bay

Toda rodilla se doblará

por Nathan Hine

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Acá en el Paraguay, es normal ver las historias de corrupción y escándalos políticos que llenan las portadas de los periódicos. Un reciente encabezado fue diferente: “Predicador hace arrollidar a senadores para orar en plena sesión." Una foto presenta a los senadores nacionales arrodillandose juntos en el Senado, orando a Dios con cabezas inclinados mientras el predicador visitante Nick Vujicic intercede: "Entregamos esta Nación en tus manos, perdona nuestros pecados y sana esta tierra.”

Aunque el acontecimiento rápidamente suscitó gritos de hipocresía y comentarios sobre la separación de la iglesia y el estado, para mí fue un recordatorio notable de nuestra necesidad común de Dios.

En estos días de política polarizada, deuda nacional disparada e inestabilidad de la economía global, es extraordinario ver a los senadores arrodillándose, y nos debe recordar la historia antigua de Nínive. Nínive fue una ciudad-estado importante cuyos ciudadanos, como los de muchas sociedades de hoy, habían dejado a Dios. Sin embargo, cuando su pecado se les enfrentó, el rey y sus nobles tomaron la delantera en el arrepentimiento: “que toda persona…clame a Dios con todas sus fuerzas. Ordena así mismo que cada uno se convierta de su mal camino y de sus hechos violentos. ¡Quién sabe! Tal vez Dios cambie de parecer, y aplaque el ardor de su ira, y no perezcamos”             (Jonás 3:8-9).

Así como la gente de Nínive, a nosotros nos hace falta arrepentir. El arrepentimiento abrirá el camino a vidas renovadas y una sociedad transformada, en la cual los ciudadanos se aman y se cuidad los unos a los otros. El día antes de su rezo en el Senado, Nick Vujicic, nacido sin hombros ni piernas, se dirigió a una muchedumbre emocionada de más de diez mil, hablando sobre cómo superar obstáculos y la desesperación, por medio de la fe. Allí también el hambre de renovación de la gente era palpable mientras miles se pusieron de pie para orar por una relación con Dios.

Eso es el principio, nada más. Todos aquellos cargados con pecado, soledad y desesperación necesitan experimentar el amor de Cristo. Nosotros como cristianos tenemos el deber no sólo para predicar las buenas noticias, sino vivirlas. El mensaje del Evangelio lleva alegría, esperanza, amor, perdón y curación. Cuando éstos son tangibles en la vida diaria de la gente entregada a Cristo, son contagiosos. Al ver la muchedumbre escuchando a Vujicic, se podía imaginar del día cuando un movimiento genuino de arrepentimiento y renacimiento se extienda por toda la tierra. Así como proclamaron los profetas: “Tan cierto como que yo vivo —dice el Señor—, ante mí se doblará toda rodilla y toda lengua confesará a Dios” (Romanos 14:11).

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