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Morning over the bay

Todo cambia

por Johann Christoph Arnold

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Lenta y sigilosamente, casi inadvertida, la vejez alcanza a todos. Durante la mayor parte de mi vida ni siquiera quería pensar en ella. Entonces comenzaron a aparecer los obstáculos, tratando de hacer que redujera la marcha. Primero, perdí la voz y no pude hablar durante meses. Luego, tuve problemas cardíacos. Ambos ojos requirieron cirugía y quedé completamente ciego de uno. Después, la audición se me deterioró. Pareciera que una cosa después de la otra se estaba descomponiendo.

Me siento agradecido porque mi esposa y yo todavía caminamos varias millas a diario. Todavía puedo leer y escribir a máquina lo suficiente como para hacer mi trabajo. Aun así, cuántos de nosotros somos como el amigo mío que en una ocasión sentenció: «Mi cuerpo está envejeciendo, pero ¡yo no!». Estoy seguro que muchos se encuentran en estados de negación similares. Claro, es difícil dejar ir todas las actividades que acostumbrábamos hacer. Se nos puede hacer difícil aceptar nuestro papel cambiante en la familia o en el trabajo según otros van asumiendo nuestras responsabilidades. Esto puede causar que nos sintamos inútiles y deprimidos.

Tener sentido del humor acerca de las vicisitudes de la vejez es más importante de lo que pensamos. La risa puede alegrarles el día a todos aquellos a nuestro alrededor que piensan que están demasiado ocupados con asuntos importantes para estar de bromas. A veces la risa es la única respuesta cuando se nos olvida el nombre de alguien o dónde fue que dejamos las llaves. Mi médico, que es más viejo que yo, en una ocasión dijo a modo de broma: «Todas mis amistades caminan más rápido que antes. También hablan más rápido y en voz más baja. Incluso aparecen un poco más borrosos. Todo está cambiando. ¿O seré yo?».

Un asunto que no es motivo de risa es la pérdida de movilidad, comenzando con la necesidad de usar un bastón hasta llegar a los andadores, las sillas de rueda y estar encamado. Todas estas cosas usurpan nuestra independencia y encontramos que actividades que antes eran fáciles ahora requieren esfuerzo y fortaleza. No en balde dice la calcomanía de parachoques: «¡La vejez no es para cobardes!».

Hay otros aspectos de envejecer que son aún más difíciles de soportar: la muerte de la pareja o el inicio de la demencia. Una enfermedad ataca de repente y uno se ve confrontado con su propia mortalidad. Estos son temores muy reales, con los cuales he lidiado personalmente.

A menudo, también tenemos remordimientos acerca del pasado. Tal vez sentimos que no tuvimos éxito en nuestra carrera, no ganamos el dinero que podríamos haber ganado, o no ascendimos al nivel que merecíamos. Tal vez deseemos haber criado a nuestros hijos de manera diferente. A modo personal, siento que he perdido demasiadas oportunidades para expresarles amor a otros.

Pero pensar demasiado sobre esto sólo crea amargura y nos aísla de los demás, inclusive de nuestros familiares queridos. La mejor manera de lidiar con los desastres o enredos que hayamos creado en nuestra vida o con las cargas difíciles que llevamos es aceptar la gracia de Dios de cara al futuro.

Tal vez esta sea la clave para aprovechar al máximo los últimos años de vida. En vez de concentrarnos en nuestros remordimientos, podemos optar por darle gracias a Dios por la vida que hemos vivido. Meister Eckhart decía que con el avance de la vejez, al final debería quedar solamente una frase en nuestro vocabulario: «Gracias». Ese sentimiento de agradecimiento no viene fácilmente. Pero cuando llega, nos damos cuenta de que está comenzando una fase emocionante de nuestra vida en la cual todavía podemos contribuir, de diferentes maneras, al bien de la humanidad.

Este artículo está extraído del capítulo «Aceptar los cambios» del libro La riqueza de los años.

Elderly man reading Spanish-language newspapers on the street in Argentina.
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