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Morning over the bay

No es de los veloces la carrera

por Carmen Hinkey

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  • Marcos Diaz

    Cuando dices "abandonar esta generación perversa, y seguir a Jesús" A que te refieres y como lo puedo hacer si ya estoy con Jesus? A no reunirse en actividades sanas.? Como yo cristiano puedo ser blanco de un ataque terrorista y salir muerto? O es que los que se murieron no creen en Dios?

  • María Luisa Cruz Natareno

    En medio del caos que nos rodea, ser conscientes de la presencia de Dios en nuestras vidas y del auxilio y consuelo del Espíritu Santo. Permanecer fieles y unidos en la fe y pedir una doble porción de su Espíritu. Vivimos los últimos tiempos. El Señor viene pronto. Estamos esperándole. Ven, Señor Jesús.

Me volví, y vi debajo del sol que ni es de los veloces la carrera, ni de los fuertes la guerra, ni aun de los sabios el pan, ni de los prudentes las riquezas, ni de los elocuentes el favor; pues a todos les llega el tiempo y la ocasión. Eclesiastés 9:11

Yo no corro. Probablemente lo debo hacer…pero bien pensado, ¿será buena idea? Hasta las actividades más felices e inocuas, las cuales la gente espera, y se entrena con anticipación y por fin llega la hora de cumplir, éstas pueden ser destruidos por violencia y asesinato absurdo que uno no puede imaginar dónde acabará.

Las noticias de las explosiones cerca de la meta del Maratón de Boston el lunes, nos rodean y bombardean esta semana. Hay reacciones anticipadas como: “Espero que la persona quien lo hizo se queme en el Infierno,” así como el temor a perder el poco terreno que hemos ganado para el control de armas de fuego. También hay desesperación: “No puedo explicar cuál es el problema de las personas en el país, para poder hacer estas cosas a otros,” dijo un padre; “Estoy empezando a perder la fe en nuestro país.” Hay también cuentos increíbles sobre individuos que se apuraron a la carnicería para brindar los primeros auxilios y consuelo, o tomar una mano; yo leí sobre un doctor, recién cumplida la carrera, quien usó la poca fuerza que le sobraba para dar los primeros auxilios a personas dañadas traumáticamente.

Y nosotros en la periferia tratamos de encontrar un sentido en anécdotas come ésta, o en pensamientos como esta cita de Fred Rogers: “Cuando era niño y veía cosas escalofriantes en las noticias, mi mamá me decía, ‘Busca la gente que ayuda. Siempre puedes encontrar a personas que están ayudando.’ ” Más que clisés, éstos nos conmueven e inspiran, y confirman nuestra fe en la humanidad; nos ayudan a reconocer que la mayoría de las personas son buenas en el fondo. Pero los titulares se repiten fuerte en nuestras mentes, haciéndonos preguntar: ¿Es cada reunión de mucha gente un blanco potencial ahora? En el año 2013, no es difícil creerlo.

Hay otra cosa que puede pasar cuando se reúne la gente, algo más poderoso que la mejor seguridad policial en un evento público. Hace dos mil años, cuando todavía había un templo, los judíos subían a Jerusalén para el día de Shavuot, la fiesta conmemorando cuando Dios les dio la Tora en Sinaí. Cincuenta días después de la muerte de Jesús, Jerusalén todavía trataba de dar sentido a la crucifixión y resurrección de la Persona que había etiquetado de criminal. La ciudad se llenaba hasta los muros con visitantes y ciudadanos, una situación que hoy en día incluiría violencia indiscriminada. De veras, la Ciudad Santa ha tenido más que su parte en la violencia – entonces y seguramente ahora – pero en aquel día pasó otra cosa. Entre las multitudes estaban los discípulos de Cristo, quienes habían recibido las instrucciones de vigilar y orar; para qué, no sabían.

La celebración de la Tora, esta reunión tradicional de la gente, se convirtió en el lugar de visita para el Espíritu Santo, y poder y energía bajó sobre ellos en la forma de llamas de fuego. En lugar de gritos, sangre, extremidades y vidas perdidas, la gente dio testimonio a algo completamente distinto. El Espíritu de Dios estaba sobre los discípulos; salieron a la calle y la gente vio luz en sus ojos y rostros.

En la Escritura leemos que la historia continúa con el grito de la gente, “¿Qué debemos hacer?,” y la respuesta, “Abandonen a esta generación perversa; arrepiéntanse y sean bautizados.” Y leemos cómo tres mil juntaron a la primera iglesia de Cristo.

No puedo evitar pensar en estas dos multitudes: una buscando energía alegre y euforia física al final de un invierno largo, pero encontrando – oh santo Dios, por favor, no – más asesinatos y muertes; y la otra reuniéndose para una celebración religiosa y recibiendo el Espíritu Santo. Enfrentando esta tragedia, y sabiendo que Boston es solamente parte de una letanía sin fin de dolor y sufrimiento, nosotros también nos necesitamos preguntar, “¿Qué debemos hacer?” Y la respuesta siempre será: abandonar esta generación perversa, y seguir a Jesús para el perdón de nuestros pecados, y para encontrar nueva fe y esperanza.

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