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Old olive tree

Llévense las cargas

por Hanna Maendel

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  • Humberto Ramirez

    La sala de espera es un mundo de oportunidades para crear relaciones necesarias. Lo sorprendente es, cuantas personas podemos encontrar en una sala de espera que no tiene la confianza y posiblemente ni se imagina, que Dios está en control. Gracias a Dios por la paz y la tranquilidad que trae el saber que mientras nosotros hacemos nuestra parte, Dios estará haciendo, con nosotros lo que sea más conveniente a Su Reino.

Una vacación en Suiza, con gastos pagados, sería el viaje de la vida. Pero mientras mi esposo Dan y yo subimos el avión destinado a los Alpes, no teníamos idea de que estábamos empezando un viaje que nos llevaría más cerca de Dios. Fueron fantásticos la clima, el paisaje, la comida y el compañerismo; pero durante una caminata de cuatro horas en las montañas, Dan no podía curarse de una mala acidez.

Estamos en medio de los setenta años, sin perder nuestras ganas de viajar. ¿Quién piensa en la edad, cuando todo va bien y hay oportunidades de viajar? Pronto salimos de nuestra casa en Inglaterra para visitar viejos amigos en Canadá. Muchas destinaciones eran bien conocidos por Dan desde su juventud; su emoción era contagiosa. Pero otra vez, aquel dolor de pecho; aunque él apenas dijo nada.

Antes de cruzar el océano y regresar a casa, concertamos unas semanas para visitar a nuestros hijos en EEUU, poniéndonos al día con sus familias. Allí, en el oeste de Pensilvania, el dolor de pecho sufrido por Dan, se intensificó tanto, que tuvimos que ingresarle a un hospital. La diagnosis: una válvula cardíaca muy dañada, necesitando inmediatamente un trasplante de la válvula aortica. En ese momento, se terminaron nuestros días de viaje. Agradecimos al personal por la diagnosis, pero nos hacía falta tiempo para asimilar la noticia; y pedimos al equipo quirúrgico dejarnos considerar en oración el próximo paso.

Como enfermera, yo no tenía ilusiones sobre los riesgos por delante, y mi mente giró con las posibilidades. ¿Qué pasaría si Dan se quedara incapacitado por un derrame cerebral? ¿Cuál era la probabilidad de insuficiencia de riñones, seguida de diálisis para el resto de su vida? ¿O era el plan de Dios encontrarme viuda? En un momento me di cuenta de la protección que habíamos recibido en los meses recientes. Una muerte inesperada en un remoto lugar, no había sido de baja posibilidad.

Cuando algo amenaza la vida, una parte del ser quiere apurarse para repararlo. Pero el alma también requiere tiempo y silencio para considerar las implicaciones, más las espirituales que las prácticas, de una vida y matrimonio cuyos días en este mundo tal vez estén llegando a su final.

Dan y yo tuvimos unos días de consideración y silencio, dándonos la oportunidad de comunicar nuestras cargas y preguntas incontestables, a los miembros de nuestra iglesia. Leímos juntos las palabras de Jesús y sus seguidores. En Santiago 5:14, el apóstol pide — o casi manda, nos parecía — “¿Está enfermo alguno de ustedes?  Haga llamar a los ancianos de la iglesia, para que oren por él y lo unjan con aceite en el nombre del Señor”.

El corazón de Dan necesitaba curarse, pero ¿no se necesitaban curar los dos corazones nuestros, por todos los pensamientos y acciones que habían causado inquietud o nos habían apartado de Jesucristo? Esto fue un paso que necesitamos tomar, simple pero poderoso. No importaba si la curación viniera de parte de la mano de un cirujano. No vimos ninguna contradicción. Nos paramos después de esa oración para curación y perdón, llenos de paz y renovados en ánimo. Se habían reconfirmado nuestro compromiso a Dios y el uno al otro.

Dan decidió seguir con la cirugía. Mientras estaba entrando a la sala de operaciones, estábamos rodeados de las oraciones de cientos de amigos y creyentes. Me parecía sentir sus oraciones poderosas con mis dos manos. Nuestros nietos y sus compañeros de clase prendieron velas de esperanza.

Hasta este momento, yo me había preguntado cómo sentiría ver a mi esposo de 47 años, llevado en una camilla. ¿Me escondería en una esquina de la sala de espera con mi Biblia, buscando palabras de consuelo con desesperación? ¿Podría yo orar, o sólo pisaría los corredores? Pero cuando entré a la sala de espera, vi mis preocupaciones y esperanzas reflejadas en las caras de otras personas.

En momentos, me sorprendí conversando profundamente e involucrada íntimamente en las historias de gente que nunca había visto antes. Las salas de espera tienen el poder para desmontar las distancias que los desconocidos suelen mantener por cortesía. Aquí estuvimos a las cinco de la mañana, compartiendo detalles muy personales, risa y oración, y empezando a sentirnos conocidos de muchos años.

Yo pasé mi copia bien usada de Rich in Years (La riqueza de los años) a una mujer de media edad que se sentaba a mi lado. Ella ojeó la lista de capítulos y se dirigió a mí. “Yo necesito todos estos ahora, y yo fui destinada a obtenerlos hoy”, dijo, explicando que tanto ella como su esposo tienen cáncer, pero su mayor temor inmediato era manejar a casa esa noche, una tarea que ella usualmente dejó a la experiencia de él. Un hombre anciano entró llorando después de ver a su esposa en la sala de recuperación. Yo ni siquiera recuerdo de qué hablamos, pero me di cuenta que se pararon sus lágrimas porque él podía hablar con alguien por un momento; alguien que podía escucharle y relacionarse.

Otra mujer me contó que su esposo estaba lento en recuperarse de una cirugía con un posible derrame cerebral. Con profunda emoción, se preguntaba acerca del sentido de su matrimonio de cuarenta años y el nacimiento de su niño que tenía anemia falciforme. Enfrentando tanto dolor, sólo podíamos brindar nuestras oraciones, y palabras de ánimo que nos parecían inadecuadas. Pero los muchos vínculos formados durante esas horas de espera, resonaron durante los próximos días cuando nos encontramos en el corredor, y rápido compartimos noticias o nos pedimos oraciones mutuamente.

Por fin llegó el cirujano con buenas noticias. Era difícil ver a mi esposo todavía sin sentido, conectado a máquinas y monitores. Pero cuando nuestro hijo le habló para asegurarle que todo estaba bien.

Entonces el cirujano empezó a preocuparse sobre la posibilidad de sangrado, y casi de inmediato le llevó de regreso para otra operación. Nos pareció un ataque contra nuestra fe, y requirió todo nuestro coraje para recuperarnos y entregar nuestra confianza de nuevo a Dios.

Después de unas horas tuvimos de qué dar gracias y alabanzas cuando mi esposo regresó otra vez. Una enfermera de sala de operaciones, confirmó lo que nosotros habíamos pensado. La protección de Dios siempre está sobre nosotros, pero él necesita nuestras oraciones en su obra de curandero. Ahora estamos en casa, ganando fuerzas día en día. Damos gracias a Dios por la nueva vida que tenemos juntos, y esperamos las oportunidades para servirle en agradecimiento.

Dan and Hanna in Switzerland Dan y Hanna
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