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Morning over the bay

¿Por qué permite Dios el sufrimiento?

por James R. Murphy

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  • dalianys vanderlinder

    Que gran responsabilidad, aunque en este mundo de hoy ya casi nada haga conciencia.Depende de cada persona elegir ser un elegido que actue, o un simple espectador,se necesita de esas manos que ayuden a disipar el dolor y por ende sea ejemplo para que mas manos se unan a la causa.

  • yarelis yaguas

    y yo me quejo xq tambien sufro mucho cada vez q miro los hojitos de mis niños y me preguntan x su papa mi corazon se me parte en dos al saber q yo deje a su papa xq tiene otra mujer y no nos da nada y aveses nos tenemos q dormir sin comer nada xq hay dias q yo tengo y otros q no x ello entiendo el terrible dolor de esas personas

Yo había trabajado por bastante tiempo en varios ministerios cristianos antes de mi primera excursión al extranjero, y pensé que sabía cómo era estar en el frente del trabajo misionero. Estaba equivocado.

En medio de un barrio bajo del tercer mundo, rodeado de niños hambrientos y adultos desesperados que vivían en chozas con pisos de tierra; asediado por olores, ruidos, polvo, calor y pura angustia, me quedé inmóvil en el medio de lo que se denominaba una calle, llorando. Abiertamente y sin darme vergüenza. Estaba totalmente abrumado.

Me vino a la mente preguntar, “¿Cómo permitirá esto un Dios amoroso? ¿Acaso no escucha sus gritos?” Esa pregunta me ha perseguido por muchos años, junto con mi frustración por cuán poco que podía yo hacer para aliviar este sufrimiento.

Durante otra hambruna africana, me pregunté: ¿No oye mi Dios la débil protesta de los lánguidos niños hambrientos? Traspasado por las miradas desesperadas y suplicantes de un cuarto lleno de huérfanos rumanos, abrumado por la necesidad de amor de sólo uno de ellos, mucho menos de los cien, yo pregunté: ¿No se quebranta el corazón de mi Dios? Luego, en una costa cubierta de detrito desparramado por un tsunami exterminador, yo pregunte: ¿No está conmovido el Dios de amor por la tragedia de pueblos enteros destruidos? En mi ciudad de Los Ángeles, caminando alguna noche agradable de verano por una calle pobre del barrio bajo “Skid Row”, me pregunté: ¿No recuerda mi Dios cómo era no tener dónde reclinar la cabeza?

Cuántas veces, entre hacer lo poco que podía, he gritado con angustia, “Dios, ¡ya basta! ¿Cómo lo puedes soportar? ¿Por qué no rasgas los cielos y dispersas las estrellas, extendiendo tu poder inmenso para dar de comer a los hambrientos, sanar a los enfermos, confortar a los quebrantados y consolar a los solitarios? ¿Cómo puedes saber de todo esto y no hacer nada? ¿Cómo es que yo, un hombre de polvo con corazón de piedra, me encuentro arrodillado y llorando ante la condición de mis hermanos y hermanas mientras tú, que todo lo puedes hacer, pareces quedar indiferente?”

¿Cómo respondo al no creyente quien desafía mi afirmación que Dios es amor, que él sabe todo y puede hacerlo todo? ¿Qué digo cuando contemplan el mundo y dicen “Si tu Dios es así, no quiero nada que ver con él”? ¿Con qué argumento explico el caso de un niño muriendo de diarrea que podría haber sido salvado con agua limpia y unos pocos centavos de remedio? ¿Cómo protejo a mi Dios de esas flechas acusadoras?

Mi respuesta por muchos años era, “Yo no sé. Algún día, sabré. Pero ahora permanezco en la fe, creyendo en un Dios que no veo y a quien no entiendo, pero a quien conozco por ser el amor.” Sí, he oído los argumentos sobre “algún día,” sobre soberanía, sobre predestinación y pecado y el soberbio del hombre al dudar de la voluntad y el motivo de su creador. He defendido incondicional y públicamente—aunque me ha angustiado en secreto—la respuesta cristiana a lo que, en mi opinión, es una de las cuestiones más preocupantes de nuestro tiempo.

Un día, cuando leía la Biblia, una respuesta inesperada brilló como un relámpago en el cielo nublado de mi entendimiento. Relata el Evangelio de San Juan:

“A su paso, Jesús vio a un hombre que era ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: ‘Rabí, para que este hombre haya nacido ciego, ¿quién pecó, él o sus padres?’

‘Ni él pecó, ni sus padres,’ respondió Jesús, ‘sino que esto sucedió para que la obra de Dios se hiciera evidente en su vida’ (Juan 9:1-3, NVI).”

“¡Un momentito! Aquí el sufrimiento no es, mi Señor, como suponen tus discípulos: el juicio de Dios contra el pecado. ¿Por qué razón dijiste entonces que esto pasó? ¿‘Para que la obra de Dios se hiciera evidente en su vida’? ¿Quieres decir que el objetivo de una vida de ceguera era que Dios pudiera abrir sus ojos en un momento?

“Pero sólo en esta instancia específica, ¿no? Pues, no estabas enseñando un principio general, ¿verdad?” Pero unas páginas después yo descubrí que la muerte de Lázaro ocurrió “para que por ella el Hijo de Dios sea glorificado” (Juan 11:4).

“Asegurémonos que yo lo entienda bien: ¿Tú permites dolor y sufrimiento y pena en este mundo para que Dios sea glorificado? ¿Para que se revele el amor de Dios en este mundo? ¿Quieres decir que cada caso de sufrimiento es también una oportunidad para que Dios actúe, muestre su amor, demuestre sus obras de misericordia, compasión y gracia?

Si esto es la verdad, resulta que lo que nosotros debemos ver cuando enfrentamos casos de sufrimiento es la gloria de Dios. Pero ¿puede el mundo ver directamente la gloria y el amor de Dios? No, los ven en el cuerpo del Mesías—su iglesia. El amor de Dios se revela a través de nuestras vidas, y él quiere obrar por medio de nosotros.

En el sufrimiento, el propósito de Dios es que el mundo divise el amor de Dios actuando por medio de su gente, en respuesta al sufrimiento. Al contemplar su pena, la primera cosa que un mundo ateo debe ver es la mano de Dios extendida hacia él. Y nosotros, como el cuerpo de Dios en este mundo, somos esas manos.

¡Qué llamamiento maravilloso: manifestar el amor de Dios a un mundo dolorido! Qué gran responsabilidad, porque si la gente no ve el amor de Dios en nosotros, tal vez no lo verán nunca. El Dios todopoderoso ha elegido obrar en la tierra por medio de su pueblo: mediante nuestras oraciones, nuestros hechos, dones y manos.


James Murphy trabaja para un ministerio que provee comidas para la gente sin techo en San Diego, California, y provee entrenamiento y apoyo para organizaciones que sirven las víctimas de tráfico de personas. Este artículo está adaptado por el autor de su libro, “How Could a Loving God…? (¿Cómo podría un Dios amoroso…?)

A young girl eats from a tin bowl during a famine crisis in Nigeria.
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