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Nos manda volver a la fe

por Carmen Hinkey

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  • Luis Enrique

    Muy interesante su articulo y reflexiones soy todavía un pobre aprendí pero me ha gustado su palabras gracias .

Mi padre se murió hace once años, a los ochenta y cuatro años de edad. Su vida fue rica: profunda, con sentido y guiada por Dios. Un pensador y aspirante por toda la vida—un hombre del Renacimiento—mi padre dejó un legado que se debe compartir. Con fluidez en cuatro idiomas y un amor por las matemáticas y el orden, él podía expresar y compartir sus pensamientos con sus hijos, nietos y un amplio círculo de amigos con quienes mantenía una correspondencia extensa.

Albert Ehrlich (conocido como Stan durante toda su vida adulta) pasó sus primeros cuatro años en Hannover, su ciudad natal. Su padre fue un cosmopolita y erudito hombre de negocios cuya carrera lo llevó por París, Barcelona y Constantinopla. Ya en 1924 percibía la amenaza de un antisemitismo naciente y sacó a la familia desde Alemania a Bruselas. Ahí llegó a ser director de ventas del AEG (Allgemeine Eleketrizitäts-Gesellschaft). Ganaba un salario considerable mientras su hijo gozaba de una niñez acomodada, incluso vacaciones en Suiza y al mar Mediterráneo. Después de los diez años requeridos, cada miembro de la familia se hizo ciudadano belga, hecho que luego los protegió.

Todo cambió el 10 de mayo de 1940 cuando los alemanes cruzaron la frontera belga. En ese momento mi padre era estudiante de primer año en la Ecole Solvay, una de las mejores escuelas de administración de empresas en Bélgica. La resultante cascada de eventos—nacionales, públicas y personales—los obligó a huir igual que tantos otros judíos europeos. La Panne, París, Tolosa, Marsella fueron escalas en búsqueda de todas las esenciales y elusivas visas de salida franceses y visas de entrada portugueses.

Mi padre, un varón de un país aliado de edad militar, no podía solicitar ninguna. Finalmente huyó de noche a pie sobre los Pirineos a España. El siempre creía que ángeles lo habían dirigido y protegido durante su huida. Y, ¿quién, al escucharlo contar su historia, podría contradecirlo? Reunido con sus padres en Lisboa, pudieron conseguir pasaje a Buenos Aires donde pronto se establecieron, aprovechándose de su destreza comercial para restablecer la vida clásica y burguesa que tanto amaban, entre un circulo creciente de judíos inmigrantes europeos.

Stan and Hela Ehrlich

En 1949 mi padre se casó con una hermosa mujer, otra refugiada judía, y este matrimonio duró cincuenta y cinco años. Nacieron siete hijos; soy la menor. Mi madre se murió de un repentino y silencioso infarto cardíaco en 2004, una pérdida y un choque del cual mi padre nunca se recuperó. Él se murió solo cuatro meses después.

Décadas de búsqueda e investigación intelectual y espiritual llevaron a mi padre desde el ateísmo a una profunda y viva fe cristiana, siempre recurriendo a sus raíces mosaicos. Abarcó muchos temas: la gracia, el sufrimiento, la mano de Dios sobre nuestras vidas, nuestra naturaleza pecaminosa y los deseos humanos, la llamada de Jesús para vencer todo esto, la familia y comunidad. Además nos dejó documentadas sus meditaciones para seguirlas y reflexionar.

Considerando la crisis actual de refugiados por todo el mundo, quiero compartir la respuesta de mi padre a una nieta voluntaria en un barrio pobre de Filadelfia en 1999. Ella planteó la pregunta bien conocida y siempre agonizante, “Dios, ¿por qué?” Él escribió:

Estoy en diálogo con algunas personas sobre el tema: “¿Cómo puede Dios permitir…?” Esta pregunta es más que una tentación; es una agresión a nuestra fe. No me sorprende que te surja en aquella parte del mundo donde estás. Dite a ti misma dos cosas: una, que ni se nos espera dar ni somos aptos para dar tales “respuestas” y dos, que el Dios, a quien estamos tentados de acusar, sufrió injusticia, tortura y muerte por la persona de su hijo perfecto, inocente y pleno de amor.

Al alentar o dar soluciones políticas a problemas humanos, los perpetuamos. No hay ningún cambio de nada sin el arrepentimiento. No hay ningún cambio de nada sin la locura (¡así nos parece a los alienados!) de Mateo, capítulo 5. Eso no quiere decir que no deberíamos hablar a favor de los pobres y sufrientes, que no deberíamos hacer lo que podemos (¡y lo que tratamos de hacer!), sino que no lo debemos hacer de la manera del mundo, ni con la fuerza del mundo, ni en el espíritu del mundo.

Es muy atractivo lavarse las manos y abandonar a la humanidad. Pues, el otro día alguien citó a otra persona que dijo “¡Cómo nos atreveríamos a abandonar a la humanidad, si el Dios del Cielo no nos ha abandonado!” Nos manda volver a la fe. Siempre nos manda volver a la fe. En todo lo que dijiste en tu carta, en todo lo que dije en la mía. Y así debe ser.

Stan Ehrlich
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