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Morning over the bay

Maddie

por Halina King

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Yo estaba sentada en un sillón cómodo con cuaderno cerrado en mi regazo, toqueteando un lápiz nerviosamente. Maddie servía jugo y cortaba pan fresco de calabaza. “Ahorita estoy contigo,” dijo, arreglando las rebanadas en un plato de papel. Terminadas las preparaciones, ella sirvió los refrigerios con bastante esfuerzo y luego se sentó frente a mí, empujando a un lado su andador. “Hola, soy Maddie.” Yo abrí mi cuaderno.

Ella era la Hermana de Maryknoll Madeline Dorsey, de noventa y cinco años. Aunque tanto la espalda encorvada como el pelo canoso cepillado distraídamente hacia atrás, delataban su edad, sus ojos claros encuadrados por lentes redondos, chispeaban con una juventud que ella nunca había perdido. Estábamos en una sala decorada al estilo latinoamericano, en la residencia de las Hermanas de Maryknoll en Ossining, Estado de Nueva York. Me presenté y expliqué que estaba investigando la guerra civil de El Salvador y quería un informe de primera mano.

Primero, Maddie me explicó cómo se había hecho monja y cómo llegó a trabajar en El Salvador. Ella entró en la orden Católica de las Hermanas de Maryknoll en 1936. Desde su segundo año de bachillerato, había estado convencida de que estaba destinada para el campo misionero. Influida por dos monjas que enseñaban en su escuela primaria y por la Revolución Mexicana que atacó a la Iglesia Católica en particular, Maddie oró por dirección y consideró una vocación religiosa. Después de graduarse, tomó votos de castidad, pobreza y obediencia, entrando en la orden formalmente. Tenía dieciocho años.

Un año después, Maddie estaba matriculada en la Universidad Católica de Washington, D.C. en un curso de enfermería que duraría cinco años. “Cuando tomé mis votos renuncié una carrera como enfermera,” recordó, “pero el mundo necesita las enfermeras y mi superior sugirió esos estudios.” Después de obtener su licenciatura, Maddie fue enviado a Panamá para enseñar salud pública y fundar una clínica y escuela de enfermería.

Maddie estaba preparada para vivir en Panamá hasta su muerte. No obstante, después de tres meses viajó a Riberalta para fundar un hospital en la selva boliviana; luego fue enviado a un hospital en Sri Lanka. Sabía que su orden la asignaría dónde hubiera más necesidad y así se volvió experta en entrenar a asistentes nativos en habilidades de la enfermería: “Hay que dejar a la gente preparada. La misionera no siempre va a estar allí.”

En 1965 Maddie marchó en Selma, Alabama, acompañando a doctores negros con quienes estaba trabajando en un hospital del estado de Kansas, EE UU.

En 1976 fue invitada para trabajar como misionera en El Salvador. Al poco tiempo servía a 8,000 residentes de la remota y pobre región de Santa Ana. Allí conoció a Oscar Romero. “Le quería mucho. Era accesible, sencillo y santo. Pero también era práctico, pensador y perspicaz. Era extrovertido y se dirigía a la gente, con quien se relacionaba fácilmente. Más importante, él decía la verdad desde el pulpito. Todo lo que dijo fue pura verdad.”

Durante esa época el gobierno salvadoreño había lanzado una guerra no declarada contra su propia gente, que buscaba reformas sociales y agrarias. En sólo dos años había matado a centenares de disidentes en manifestaciones pacíficas. Otros simplemente desaparecieron. Esta represión brutal tenía la intención de silenciar los gritos de la gente por la paz y la justicia. “Los escuadrones de la muerte llegaban de noche para sacar a los hombres y chicos a la fuerza, matarlos y dejar su cuerpos mutilados en el camino.” El sufrimiento era el peor que la monja veterana había experimentado.

El año 1980 fue inolvidable para Maddie. “Los acontecimientos de ese año siempre serán dolorosos, pero también hermosos,” recordó. El arzobispo Oscar Romero fue asesinado el 24 de marzo. “No se puede describir el choque, no sólo en El Salvador sino por todo el mundo. Monseñor Romero había denunciado la violencia una y otra vez. Ahora se había silenciado la voz de los pobres.” Pero dentro de poco tiempo la violencia iba a afectar a Maddie aún más personalmente.

“Ahora voy a compartir nuestra historia de muerte, entierro y resurrección. Es la única manera en la que puedo pensar en esos días,” dijo Maddie. Dos hermanas misioneras de Maryknoll, Ita Ford y Maura Clark, habían sido enviados a trabajar en El Salvador. Apenas empezada su misión, la Guardia Nacional de El Salvador las asesinó a ellas y a Jean Donovan y Dorothy Kazel.

El 2 de diciembre de 1980, Maura e Ita llegaron al aeropuerto de San Salvador donde las recibieron Dorothy y Jean. Cuando salieron del aeropuerto, el soldado de la Guardia Nacional que estaba de servicio las observó salir y llamó a su comandante. Entonces cinco de sus solados recibieron la orden de ponerse ropa de civil para una “misión no especificada.”

Maddie recordó la “larga búsqueda, la ansiedad, las oraciones y las llamadas por teléfono” que siguieron la desaparición de las monjas. La búsqueda continuó hasta mediodía del 4 de diciembre, cuando un campesino confesó a su sacerdote que había recibido el orden de enterrar en su milpa a “cuatro mujeres de raza blanca, no identificadas.” Maddie tomó una pausa, y yo solté mi lápiz.

Entonces llegamos a la dolorosa exhumación de las cuatro—una echada encima de otra. Jean era la primera, su bella cara destruida. Dorotea tenía un aspecto tranquilo. La cara de Maura estaba serena pero parecía expresar un grito mudo; y al final, la pequeña Ita. Yo me acerqué para limpiar el lodo de su mejilla y colocar el brazo a su lado. Las hermanas nos arrodillamos con reverencia. Fue un momento de resurrección. Cierto, allí estaban sus cuerpos muertos y abusados, pero sabíamos que sus almas estaban con su amado Salvador.

Yo me sequé las lágrimas de los ojos. Maddie estaba lejos, reviviendo la tragedia. “Fue como la Semana Santa. Viernes Santo fue el día cuando las mataron, Sábado Santo fue el día de su entierro en la milpa, y entonces llegó el Domingo de Gloria y el momento de resurrección cuando yo sabía que estaban con Dios.”

Hoy Maddie ya no puede servir al extranjero donde hay conflicto y pobreza, pero ella ora por aquellos que continúan el trabajo misionero a la cual ella dedicó toda la vida. “Tenemos tantos motivos de oración,” concluyó. Guardamos silencio mientras yo repetí nuestra conversación en mi mente. Ella había hecho sus votos cuando era de mi edad, sacrificando sus ambiciones personales para seguir la voluntad de Dios; había permanecido fiel a pesar de dificultades y tragedias. Yo sentí que estaba en la presencia de una verdadera discípula. La paz que ella irradiaba era suficiente para convencerme.

A headshot of Maryknoll Sister Madeline Dorsey. Madeline Dorsey, Hermana de Maryknoll
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