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La vida en comunidad

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  • filiberto bobadilla

    Si yo Cristiano no doy respuesta de mi fé quien la dará por mi. De acuerdo estoy de que sumergidos estamos en un materialismo que nos arrastra y sin enbargo el llamado de Jesús en vigente tal actual como siempre porque así conviene a nuestra salvación, y la posibilidad, la del mundo entero.

En 1920, Eberhard Arnold fundió un movimiento comunitario que todavía existe hoy en día.  Para más información, visita Bruderhof.

La vida en comunidad nos resulta pura necesidad – o sea una obligación inexorable que determina todos nuestros actos y pensamientos. Sin embargo, no eran ni las buenas intenciones ni nuestros esfuerzos los factores decisivos cuando elegimos esta forma de vida. Más bien fuimos convencidos por una certidumbre, aquella certidumbre cuyo origen y vigor se hallan a la Fuente de todo lo que existe. Reconocemos que Dios es esta Fuente.

De ahí que: No podemos sino vivir en comunidad, porque toda vida creada por Dios existe en un orden comunitario y tiende hacia comunidad.  

Es cierto que, sin Dios, somos incapaces de vivir en comunidad. Arranques emocionales, impulsos posesivos, deseos de satisfacción física o sentimental, pasiones violentas o sutiles susceptibilidades, ambiciones de tener influencia sobre los demás y de ganar privilegios – todos éstos son obstáculos, al parecer insuperables, para lograr verdadera comunidad. Pero si tenemos fe, sabemos que son insignificantes frente al poder de Dios y de su amor. Dios es más fuerte que todas estas realidades. 

No creemos en un amor sentimental e inactivo; ni tampoco damos crédito a una dedicación al trabajo práctico que no da prueba diaria de una relación sincera entre los que trabajan codo a codo, es decir una relación nacida en el Espíritu. El amor al trabajo, al igual que las obras del amor, nacen del Espíritu.

Trabajar en el Espíritu, y apreciar el Espíritu en el trabajo – he aquí la esencia misma del futuro orden de paz que nos trae Jesucristo. Sólo el trabajo rinde posible la vida en comunidad. El trabajo nos proporciona la satisfacción de obrar para el bien común, y de hacerlo junto con otros dedicados al mismo fin. Recordemos que aun cuando empeñados en las tareas más ordinarias, todo lo material y todo lo mundano debe ser consagrado al futuro de Dios.

En todos los siglos – muy especialmente en la era de los profetas judíos y entre los primeros cristianos – ha habido hombres y mujeres que demostraron la realidad de una vida inspirada por el amor y arraigada en la fe. Nosotros confesamos a Cristo, el Jesús de la historia, y con él todo su evangelio, tal como fue proclamado por sus apóstoles y practicado por sus discípulos. Por ende, somos hermanos y hermanas de todos aquellos que a través del largo curso de la historia se juntaron para vivir en comunidad.

No podemos sino vivir en comunidad, porque nos impele el mismo Espíritu que desde antaño ha llevado una vez tras otra a la vida en común. 

No hay Gran Comisión que no presuponga una tarea clara y concreta. Al mismo tiempo es de importancia decisiva que cada tarea especial nos conduzca únicamente hacia Jesucristo, vale decir que efectivamente sirva al todo, a la iglesia, al Reino venidero. Perderá el camino quien considera la tarea que le ha sido encomendada como algo especial en sí y de por sí. Pero quien sirve al todo, bien que sea en su situación especial y en su forma característica, éste puede decir con acierto: “Pertenezco a Dios y a la vida en comunidad,” o a Dios y cualquier otra llamada. Empero, antes de que nuestro servicio humano se torne en servicio divino, es esencial reconocer cuán pequeño y limitado es ese servicio, frente a la totalidad de la causa. 

Una vocación especial – como la de vivir en comunidad, por ejemplo – nunca debe confundirse con la Iglesia de Jesucristo. La vida en comunidad significa disciplina en comunidad, educación en comunidad, y entrenamiento continuo en el discipulado de Cristo. Pero el misterio de la iglesia es muy diferente a todo esto, es algo mucho más grande. Es vida en Dios y, emanado de Él, penetra a la comunidad. Esta penetración de lo divino dentro de lo humano ocurre cada vez que nuestro anhelo produce en nosotros aquella disposición en la cual Dios solo habla y actúa. En tales momentos puede darse que una comunidad sea comisionada por la Iglesia invisible y reciba, con toda certeza, una misión específica, a saber, hablar y actuar en nombre de la Iglesia – aunque sin confundirse a sí misma con la Iglesia. 

Todo afán de crear una comunidad artificialmente termina en caricatura sin vida. Sólo cuando nos hayamos vaciado de nosotros mismos, seremos receptivos para aquél que es eterno; sólo entonces el Espíritu podrá crear entre nosotros la misma vida que fundó entre los primeros cristianos.

El Espíritu es deleite en Él que vive, deleite en el Dios que da vida; deleite en cada ser humano, porque cada uno ha recibido su vida de Dios. El Espíritu nos impele a ir al encuentro de todos los hombres y regocijarnos en vivir y trabajar unos para otros. El Espíritu de Dios es el espíritu de amor y de creatividad por excelencia.

La vida en comunidad no es posible si no es en este Espíritu que abarca todos los aspectos de la existencia Nos confiere una espiritualidad más profunda y, al mismo tiempo, nos habilita para vivir con mayor intensidad que nunca antes. Entregarnos a este Espíritu es una vivencia tan potente que jamás seremos capaces de percibirla en todo lo sublime que es. Nada ni nadie salvo el Espíritu mismo es capaz de tales alturas. El Espíritu intensifica nuestras fuerzas e inflama el alma de la comunidad – su propio centro. Cuando este centro arde hasta consumirse en el sacrificio, su resplandor será visible a lo lejos.

Se puede comparar la vida en comunidad al martirio por fuego: Significa la entrega diaria de todas nuestras energías y la renuncia de todos nuestros derechos y exigencias que solemos hacer a la vida, aun aquellas que nos parecen ser justificadas. Sirve de símbolo la hoguera, en la cual se consumen los leños individuales con el fin de irradiar calor y luz en derredor.

No podemos sino vivir en comunidad, ya que el jubiloso espíritu de amor a los demás nos impele a extenderles la mano con el anhelo de ligarnos a ellos para siempre.

Extraído de Porque vivimos en comunidad, disponible gratis en formato de e-libro.

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Contribuido por Eberhard Arnold Eberhard Arnold

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