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The Reflection Nebula

¿La supervivencia o el camino de Jesús?

por Stanley Fletcher

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Hace dos mil años los ángeles anunciaron a ciertos pastores cerca de Belén: «¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!» (Lc 2:24). Paz en la tierra. ¿Hay acaso algo que los hombres necesitan y quieren más desesperadamente? ¿Hay acaso algo más lejano actualmente?

Angustia, confusión, perplejidad: ahí están los factores dominantes de nuestra edad. Sin luz, los hombres luchan desesperadamente con el problema de la supervivencia. Sí, he aquí el problema central: el de la supervivencia. En esta situación los hombres parecen haber perdido toda dirección. Ni siquiera tenemos el caso de un mundo cristiano enfrentando la amenaza de un mundo no cristiano, ya que en los campos de batalla de hoy millones de cristianos han destrozado a millones de otros cristianos. Nos asaltan interrogantes sombrías: ¿No hay salida alguna? ¿No hay ya verdad alguna, no hay Dios? Por eso es importante para nosotros considerar a fondo el contraste entre nuestra preocupación por la supervivencia y el camino de Jesús.

Jesús no trató de sobrevivir. Una y otra vez dijo a sus amigos que debía morir, que su muerte estaba inextricablemente ligada con el cumplimiento de su tarea. Dijo al hombre que lo entregó a sus verdugos: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad» (Jn 18:37). La primera preocupación de Jesús fue la verdad, no la supervivencia. Queremos sobrevivir a toda costa como individuos, como familias o como naciones. Desde luego estamos convencidos de que vivimos y luchamos por una causa mejor que la de nuestros adversarios. Necesariamente identificamos nuestra vida con el bien y la vida de nuestros enemigos con el mal; y en pro de nuestra supervivencia (que para nosotros ha llegado a significar la supervivencia del bien) hemos producido armas letales que de un solo golpe pueden destruir —y ya han destruido— a millones de seres humanos, a niños inocentes a quienes –dijo Jesús— pertenece el Reino de los Cielos. ¿Podemos seriamente creer que Dios nos ha llamado a aprobar o cumplir actos tan horribles? ¿Estamos realmente conservando y defendiendo al bien, o aun defendiendo a nuestros prójimos y a nosotros mismos de la esclavitud o de la destrucción, mediante tales actos? Pedro quiso defender a Jesús con la espada; pero Jesús le dijo que la guardara e indefenso fue hacia su muerte, diciendo que aquel que levanta la espada, por la espada perecerá (Mt 26:52). Para Jesús, en la hora de la cruz, la supervivencia física era incompatible con la verdad.

Para Jesús, en la hora de la cruz, la supervivencia física era incompatible con la verdad.

Es necesario recordar que la verdad es amor y que el amor quiere el bien para todos los hombres, aun para los peores. En el Sermón del Monte dijo Jesús: «Oísteis que fue dicho: “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os odian y orad por los que os ultrajan y os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos» (Mt 5:43-45). La naturaleza de Dios es amor, y siendo sus hijos estamos llamados a participar en su naturaleza. No podemos ser hijos de nuestro padre si no nos entregamos a su amor y si no amamos a todos los hombres, aun a costa de nuestras vidas. Ni siquiera podemos conservar nuestra libertad por destruir a nuestros enemigos, porque entonces destruimos nuestra única libertad verdadera, es decir, la libertad de amar. Nos hacemos esclavos del miedo y del odio que nos empujan inexorablemente a buscar la destrucción de aquellos que tememos. Esta es la situación actual del mundo.

Si nos encontramos perdidos en este lío, es porque hemos perdido de vista nuestra vocación como cristianos. Creemos poder gozar de las garantías y de los privilegios de este orden mundial y hemos levantado las armas en su defensa. Y en la hora del desastre nos sentimos abandonados y aturdidos. Tendríamos que haber sabido que estas cosas no tienen nada que ver con la paz. En verdad, esta avidez por privilegios y garantías es nuestra mayor ofensa: a medida que nos entregamos al culto de las riquezas, nos alejamos del Dios de paz y amor.

Los primeros cristianos fueron una pequeña minoría en un mundo que les era totalmente hostil. No trataban de defender sus derechos contra las fuerzas implacables que los rodeaban y amenazaban: tenían que ocultarse en las catacumbas y se les tiraba a los leones. Sabían muy bien que no tenían morada en la inseguridad y el tumulto del mundo. Pero sabían también que su tarea fue dar testimonio de la verdad y del amor de Dios y no tratar de conservar su vida. Sabían que ellos, su pueblo, debían ser un pueblo de paz, irradiando este mismo amor. Debían ser ciudadanos de la ciudad de Dios, la ciudad de la paz. Debían ser un pueblo unido pero distinto y separado del mundo destrozado y dividido. Debían ser indefensos, no dañar a nadie ni dar miedo a ningún hombre. Su paz debía abarcar la vida total: no una paz en el sentido de no ser molestados, sino una paz activa, una paz que devuelve el bien por el mal, una paz que signifique compartir el trabajo y los bienes con todos los hombres de buena voluntad. Las huestes celestiales proclamaron la paz en la tierra a los hombres: esta es la paz que para los primeros cristianos fue su experiencia y realidad práctica.

Si participamos en la fe de los primeros cristianos, no podemos desesperar del mundo y de la humanidad.

Las grandes multitudes del mundo todavía viven en la injusticia y se preparan para la guerra. Podría parecer que todos los esfuerzos han sido vanos y que al final todo tendrá que perecer en la destrucción universal que amenaza a la Tierra. Aquí también podemos aprender de los cristianos primitivos dos cosas que nos pueden servir de guía en nuestra búsqueda de una dirección clara. En primer lugar, estos cristianos primitivos nunca se imaginaron que su testimonio mejoraría al mundo. Percibieron la creciente tensión en la lucha entre el bien y el mal que finalmente se cristalizaría en una crisis mundial. Siguieron fielmente el camino empezado, no por pensar que eso les salvaría la vida, sino por creer que era la verdadera vida que Dios quiere para todos los humanos, la vida de su espíritu de amor, la única vida eterna. Sabían también que la humanidad nunca podría experimentar la paz en la Tierra si no se entregara a este espíritu. Llevaban el testimonio de estas verdades por amor a todos los que, como ellos, tenían hambre y sed de verdad y justicia.

Además, pusieron su fe por el destino humano no en el hombre, sino en Dios. Oraron según Jesús les había enseñado: «Venga tu Reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra» (Mt 6:10), porque creían que Dios tendrá la última palabra en la historia. Si participamos en la fe de los primeros cristianos, no podemos desesperar del mundo y de la humanidad.

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