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El mensaje de la Iglesia primitiva

por Eberhard Arnold

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Creemos que los primeros creyentes pueden enseñarnos mucho, y que las palabras que nos han dejado—aunque proceden de una era antigua—son tan relevantes hoy como eran cuando se escribieron por primera vez. En la introducción de The Early Christians in Their Own Words (Los primeros cristianos), una colección de escritos de primera mano de la iglesia primitiva, Eberhard Arnold resume el mensaje que encontró en ellos. Lo que sigue es la traducción de un extracto.

El nuevo orden de Dios puede irrumpir en todo su esplendor sólo después de juicio apocalíptico. La muerte debe ocurrir antes de la resurrección de la carne. La promesa de un milenio futuro está relacionada con la profecía de juicio, que va a atacar la raíz del orden prevalente. Todo eso brota del mensaje original transmitido por la primera iglesia. La tensión existe entre el futuro y el presente, Dios y los demonios, la voluntad egoísta y posesiva y la voluntad de Dios que ama y da; entre el orden presente del Estado, el cual asume poder absoluto por medio de presiones económicas, y el reino venidero de amor y justicia que es de Dios. La tensión es entre dos fuerzas antagónicas que se provocan fuertemente. La era presente del mundo está condenada; de hecho, ¡el Mesías por venir ya ha derrotado a su líder! Eso es un hecho consumado. La iglesia primitiva transmitió esta revolución supra-histórica a la próxima generación. Jesús resucitó de entre los muertos. El príncipe de la muerte se dio cuenta muy tarde que ya se había quebrantado su poder.

Para los creyentes que vivían en los tiempos de la iglesia primitiva y del apóstol Pablo, la cruz era la única proclamación: los cristianos conocían un solo camino, el de ser clavado a la cruz con Cristo. Solo el morir su muerte con él, creían, podría conducir a la resurrección y el reino. Con razón Celso, un enemigo de la iglesia, se asombró por la centralidad de la resurrección entre los cristianos. Al satírico pagano Luciano le sorprendió que uno que fue colgado en una cruz en palestina podría haber presentado la muerte como un nuevo misterio: el morir con él en la cruz fue la esencia de su legado. Los primeros cristianos solían extender sus brazos como símbolo de triunfo, imitando los brazos extendidos en la cruz.

En su certeza de victoria, los cristianos reunidos para celebrar la Cena del Señor percibían las preguntas horrorizadas de Satanás y la muerte: “¿Quién es el que nos quita el poder?” Ellos respondieron exultantes: “¡He aquí: Cristo, el crucificado!” Cuando se proclama la muerte de Cristo en esta cena, significa que su resurrección se ha hecho real y la vida se transforma. Su poder victorioso se consuma en su sufrimiento y muerte, en su resurrección de entre los muertos y su ascensión al trono, y en su segunda venida. Porque lo que Cristo ha hecho, lo hace una y otra vez en su iglesia. Se perfecciona su victoria. Aterrorizado, el Diablo debe entregar a los suyos. El dragón de siete cabezas es matado y el veneno maligno es destruido.

Por eso la iglesia canta las alabanzas del que se hizo hombre, que sufrió y murió, resucitó y venció al reino del inframundo cuando descendió al Hades. Él es “el fuerte”, “el poderoso”, “el inmortal”. Él se acerca personalmente a su iglesia, acompañado por multitudes de sus príncipes angélicos. Ahora los cielos se abren para los creyentes. Ellos ven y oyen el coro de ángeles. La continua venida de Cristo a la iglesia en el poder del Espíritu, verifica su primera venida histórica y su segunda venida futura. Temblando con maravilla, la iglesia experimenta a su Señor y soberano como huésped: “¡Ahora él se ha aparecido entre nosotros!”

Algunos lo ven sentado con ellos en la mesa para compartir su comida. Celebrar la Cena del Señor es, en realidad, un anticipo del futuro banquete de bodas. El Espíritu ha descendido sobre ellos y la gracia ha entrado en sus corazones. Su comunión es completa y perfecta. Los poderes del Espíritu de Dios penetran la iglesia reunida. Apoderados y colmados por el Espíritu, se hacen uno con Cristo. Ulises, atado al mástil del barco, navegó salvo y sano entre las sirenas. De la misma manera, solo aquellos que se unen al Crucificado al atarse, por así decirlo, a la cruz, pueden resistir las tentaciones y pasiones de un mundo tumultuoso.

No obstante, las tribulaciones de todos los héroes griegos no se pueden comparar con la intensidad de esta batalla espiritual. Al unirse con el Cristo triunfante, la vida de los primeros cristianos se convirtió en la vida del soldado, seguro de la victoria sobre el mayor enemigo en la lucha más fuerte con los poderes oscuros de este mundo. Armas mortales, amuletos y hechizos son inútiles para esta guerra. Quien cree realmente en el nombre de Jesús, en el poder de su Espíritu, su vida, y su victoria, no necesita agua, aceite, incienso, lámparas encendidas; ni siquiera el signo exterior de la cruz para ganar la victoria sobre poderes demoniacos. Cuandoquiera que los creyentes alcanzaran la unidad en sus reuniones, especialmente cuando celebraban un bautizo y la Cena del Señor y la “Cena de amor”, no se podía negar el poder de la presencia de Cristo. Los enfermos se sanaban, se expulsaban los demonios, se perdonaban los pecados. La gente se aseguraba de la vida y la resurrección porque se liberaba de todas sus cargas y se apartaba de sus pasadas maldades.

Este artículo está extraído y traducido del libro electrónico The Early Christians in Their Own Words(Los primeros cristianos en sus propias palabras).

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Contribuido por Eberhard Arnold Eberhard Arnold

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