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Morning over the bay

Navidad en soledad

por Johann Christoph Arnold

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Tres semanas antes de la Navidad de 1993, Wolfgang Dircks se muere mirando la televisión. Sus vecinos en el edificio de apartamentos en Berlín apenas se dan cuenta de que el hombre de 43 años ya no está. Se continúa pagando automáticamente el alquiler de su cuenta bancaria. Cinco años más tarde el dinero se acaba, y el propietario entra el apartamento para investigar. Encuentra los restos de Dircks todavía frente al televisor. La guía de televisión en su regazo se abre en el 3 de diciembre, el supuesto día de su muerte. Aunque se ha fundido el televisor, las luces en el árbol de Navidad aún titilan.

Es una historia rara, pero no nos debe sorprender. Cada año se topan con miles de personas días o semanas después de sus muertes solitarias en los suburbios y ciudades prósperos del mundo occidental. Si alguien se puede morir en tal aislamiento que sus vecinos ni siquiera lo notan, ¿cuán sólo habría sido esta persona en su vida?

Olvídese de la era de la información: vivimos en la era de la soledad. Hace décadas, eran raros los hogares unipersonales—por lo general, solamente las viudas vivían solas—pero hoy en día, resultan cada vez más comunes. En un mundo donde se disminuya la tasa de matrimonio, se planea cuidadosamente para los niños (o se los evitan por anticoncepción y el aborto), la edad media es sinónimo de divorcio y la vejez, de un hogar de ancianos, es seguro que la gente es muy solitaria. Imagínese: sólo una cuarta parte de los hogares estadunidenses se componen de un núcleo familiar. Nada de esto quiere decir que todo estuviera bien en las décadas anteriores—enfáticamente que no lo era. Pero probablemente es seguro decir que la soledad no ha sido tan generalizada nunca como hoy en día. ¿A cuántos de sus vecinos o compañeros de trabajo conoce usted como amigos verdaderos? ¿Cuántas personas en su iglesia son nada más que caras familiares? ¿Cuántas veces prende usted la televisión por falta de compañía?

Los estudios sugieren que la soledad es sumamente peligroso: la probabilidad que una persona físicamente sana pero aislada muere durante una década determinada es doble de la de aquella que vive rodeada por otros. ¿Cuál es la cura? Nuestros anhelos deben de ser demasiados profundos para saciarse por la simple presencia de otros alrededor de nosotros— ¿quien no se haya sentido solo en medio de una muchedumbre? De hecho, ese secreto sentido de aislamiento es el peor tipo. Kierkegaard, por ejemplo, escribe en sus Diarios que a pesar de ser el alma de la fiesta las más de las veces, en el fondo estaba desesperado: "Palabras ingeniosas brotaban de mis labios, todo el mundo se rió y me admiraba. Pero me fui...y quería pegarme un tiro."

Tal desesperación es una fruta común de alienación de nuestro verdadero yo. Si parece una exageración, recuérdese de su propia adolescencia. ¿Cada cuándo se sentía inseguro o solo, sin poder estar a la altura de todas aquellas personas que parecían tenerlo todo – la gente inteligente, popular y en forma? Y aunque usted fuera popular, ¿qué había de su hipocresía, su engaño, su culpa? ¿Quién no ha conocido la pena de estas cosas? Multiplique el desprecio de sí mismo un millón de veces, y tendrá la alienación generalizada que mancha la sociedad de hoy. ¿Qué más podría prevenir a desconocidos de saludarles el la calle, engendrar el chisme, y mantenerlos distantes a compañeros de trabajo? ¿Qué otra cosa es lo que destruye las amistades más profundas, que divide las familias más unidas y que enfría los matrimonios más felices?

Dada nuestra imperfección humana, todos vamos a decepcionarle a alguien o ser decepcionados en algún momento, vamos a lastimar a otros y ser heridos, seremos desconfiados y vamos a desconfiarles a otros. Pero no tiene que pasar esto. Podemos defender los muros que edificamos como medida de protección contra el maltratamiento, pero eso no quiere decir que ellos realmente nos protejan. En todo caso, nos destruyen lentamente por mantenernos aparte de los demás y fomentan el pesimismo. Al final, ocasionan la actitud resumida por Jean-Paul Sartre, quien dijo que "el infierno son los demás."

¡Cuán lejos hemos caído de nuestro verdadero destino! Si pudiéramos derribar aún algunas de las barreras que nos separan, tal vez no nos resignaríamos tan rápidamente a la idea que ellas son un hecho inevitable de la vida; en cambio, abriríamos el corazón a la riqueza que nos ofrece la experiencia humana—tanto el milagro de nuestra existencia individual como la alegría de interacciones significativas con otra gente. Además, tal vez podríamos alcanzar a ver lo que verdaderamente significa ser parte de este universo—esta gran comunidad que incluye desde los más pequeños agrupaciones de microbios vibrando a la inmensidad inconcebible de galaxias y estrellas girando.

Extraído de Escape Routes, disponible gratis en inglés en formato de e-libro.

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