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¿Qué diferencia hace la Pascua?

por Hna. Marilyn Lacey

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¿Qué cambió a causa de la Pascua? Los no creyentes se burlan de la Resurrección. Los teólogos debaten la tumba vacía. Nadie puede “comprobar” la Pascua. No obstante, una cosa queda claro: la primera Pascua transformó a un grupo variopinto de discípulos temerosos y confundidos, en testigos exultantes del Jesús resucitado. Su experiencia de Jesús como el Cristo, los convirtió en heraldos intrépidos de las Buenas Nuevas, a pesar de la persecución y hasta los límites del mundo conocido.

¿Qué cambia en nuestras vidas a causa de la Pascua? El mundo es todavía un desastre. Mira Siria, Ucrania, la República Centroafricana, el Sudán Meridional. El sufrimiento no se ha desaparecido; la muerte todavía llega a cada uno. Como individuos o como tribus, grupos étnicos o partidos políticos o naciones, infligimos dolor los unos a los otros. Pero el Cristo resucitado está muy cerca de quienes sufren: “Ven, y pon tus dedos en las marcas de mis palmas y tu mano en la herida de mi costado.”

Algunos de nosotros evitamos el sufrimiento, creyendo que eso traerá la felicidad; al contrario, Dios está con los deprimidos. Cuando apoyamos a la gente que sufre, encontramos al Dios misericordioso. La Pascua nos obliga a buscar a otros dondequiera que sufran, especialmente cuando el sufrimiento es de gran escala. Cuando uno sabe estas cosas, será bendecido si las pone en práctica.

Cuando el amor sostiene las balanzas, éstas dejan de funcionar.

Esto es el camino hacia adelante: creer que compartimos un planeta, que dependemos los unos de los otros para sobrevivir, y que podemos aliviar el camino de otros. La vida no se trata de darle seguimiento a nuestros avances o fallas de virtud; se trata de mantener los ojos fijados en Dios. Se trata de que Dios nos invita a bajar nuestras defensas y a dirigirnos hacia una nueva manera de amar. Cuando el amor sostiene las balanzas, como dice el poeta Kabir, éstas dejan de funcionar. No se necesita medir, comparar, imponer justicia, o dar a cada uno su merecido; ninguno de nosotros merece lo que Dios ya nos está regalando.

Muchos de nosotros todavía sentimos mucho más cómodos con un Dios justo que con un Dios misericordioso. Nos molestan esas parábolas extrañas sobre los jornaleros que trabajan por una sola hora y reciben el mismo pago como aquellos que labraron un turno entero bajo el calor del sol. No comprendemos por qué Jesús elogia el sirviente deshonesto que manipuló las cuentas y redujo la suma que debían los acreedores de su maestro. Queremos que la vida sea justa. Nos esforzamos en ser buenos; queremos recibir lo que merecemos. Por supuesto, nunca recibimos de Dios lo que merecemos. Siempre recibimos la misericordia, apretada y desbordante, inmerecida y maravillosa. De esa experiencia de Dios, brota la alegría de la Pascua. Somos amados, guardados y queridos, pase lo que pase.

El autor Richard Rohr escribe en Hope Against Darkness (Alegría contra la oscuridad):

La maravilla de los relatos de la resurrección en los Evangelios es que Jesús no tiene ninguna actitud punitiva ni hacia las autoridades ni sus seguidores cobardes; y los mismos seguidores no reclaman ningún tipo de guerra santa contra quienes mataron a su líder. Claramente, algo nuevo ha ocurrido en la historia. Esto no es la trama común y esperada. Jesús sólo respira el perdón (Jn 20:22).

Reconciliación, compasión, perdón y comunidad, todos se hacen posibles cuando experimentamos la Pascua. Dios anhela nuestros corazones y quiere que nos acerquemos a él, pero también que nos acerquemos a nuestros vecinos, tanto los cercanos como los lejanos. La pascua es una llamada a la solidaridad.

Cuando estamos cimentados en Dios, estamos compelidos a estar con gente que no es parecida a nosotros. ¿Por qué? Porque Dios es otro y viene como un desconocido. Por abrirnos a gente e ideas que nos parecen extrañas, nos abrimos a encontrar a Dios. Debemos arriesgarnos, atrevernos a entrar en relaciones que nos retan, e incluir a desconocidos en nuestro grupo. No es una carga, sino un regalo. ¿Dónde más esperamos encontrar al Dios cuyo nombre más adecuado es ‘sorpresa’?

La Pascua significa que vivimos para los demás y no para nosotros mismos. Hace muchos siglos escribió el poeta sufí Rumi:

Conviértete en el que, cuando entras,
La suerte sale a el que la necesite.
Si no has comido, sé tú el pan.

Eso es una descripción extraordinaria de la Eucaristía. Ora para convertirte en uno de quien el amor sale, para que otros puedan recibir más. Aun si tienes hambre, enfócate en tus vecinos y descubre maneras de ser pan para ellos. ¿Estás solo o deprimido? ¡Haz algo para otra persona! ¿Piensas que nadie te presta atención? Presta la atención a otros. Da gracias, no solo cuando tienes tu pan diario, sino porque tú puedes ser pan para otros. Entonces la alegría de Dios nacerá en tu corazón.

Vemos en el Evangelio que cuando Dios actúa, la gente mueve hacia la solidaridad, lejos de su tendencia natural para quedarse en sus zonas de confort que son la familia, el clan, el pueblo elegido. Usa los ojos de Dios para mirar nuestro mundo. Ve a otros como los ve Dios, como amados. El amor quiere estar con el amado. Eso es el movimiento detrás de toda solidaridad.

La Pascua en el mundo real, implica volverse más y más amorosos. No importa nuestra vocación, nuestro trabajo verdadero es llevar este amor para reconfortar a todos que anhelen a Dios; ir a donde vaya Dios, que es siempre hacia fuera al desconocido, al extranjero, al pobre y olvidado—a los ‘dones nadie’ de este mundo. Eso es la fuente de la alegría de la Pascua.

Si no has comido, sé tú el pan.

La Pascua es amor más fuerte que la muerte, un amor que es en sí un martirio, que cuesta todo. No es la gracia barata. No es ni sentimientos cómodos y soñadores, ni espiritualidad melosa. ¿Cómo podemos hablar de Dios en el medio de sufrimiento tremendo? Lo único que podemos decir es que Dios vive en esos lugares abandonados, y que él está allá antes que nosotros. Nuestro Dios es el Dios de pérdida y disminución y fracaso; el Dios de los campamentos de refugiados, de abandono, malentendidos, dolor, soledad y muertes lentas; el Dios cuya vida pareció haber terminado en una cruz, no obstante, por esa misma entrega él transformó al sufrimiento para siempre. Eso es las Buenas Nuevas.

La historia de la Pascua en el Evangelio está llena de sorpresa y loca de alegría. Nosotros también vivimos en la Pascua. El único Jesús que podemos conocer es el Cristo resucitado. Deberíamos leer esa historia cuidosamente y preguntarnos: ¿Cómo está pasando esto en mi vida, ahora? ¿Dónde quiere Dios hacerse presente para secar lágrimas, darme ánimo, guardarme de recaer en viejas costumbres, invitarme a dar de comer a sus ovejas?

Con tanto de qué dar gracias, crecemos en amor. Brota dentro de nosotros una alegría que no depende de las circunstancias externas. Esta alegría es el regalo de la Pascua que Dios nos da a nosotros, y nada nos la puede quitar.

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Contribuido por Marilyn Lacey

Marilyn Lacey es una Hermana de la Misericordia y directora ejecutivo de Mercy Beyond Borders (Misericordia más allá de las fronteras), una organización sin fines de lucro trabajando con mujeres y chicas desplazadas en Sudán Meridional y Haití.

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