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La renuncia a la riqueza lleva consigo la renuncia a los honores y al poder, que se basan en ella; donde no hay ricos ni pobres, no hay quien esté encima o debajo. En su grupo, no admite Jesús ningún dominio de unos sobre oros. En primer lugar, reina en el grupo una libertad total; jamás impone él una regla que observar, un día que guardar o una práctica obligatoria. Y cuando le critican que sus discípulos no llevan una vida austera, se niega en absoluto a establecer una disciplina de ayuno. El grupo de Jesús es el de la libertad y la alegría, y él mismo lo compara a un tiempo de bodas...Para ser discípulo suyo hay que arrancar la raíz del propio interés: «El que quiere venirse conmigo, reniegue de sí mismo», es decir, renuncie a buscar ventajas personales. Y, además, al deseo de fama, pues el horizonte que se presenta es el contrario: «cargue con su cruz», es decir, esté dispuesto a ser mal mirado, excluido y aun condenado por la sociedad en que vive.

Fuente: Nuevo Testamento