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Generalmente creemos que atraeremos a otros si los impresionamos con nuestros éxitos, victorias y logros. Pero hablar de esas cosas puede provocar celos, competencia y distancia entre las personas. En contraste, compartir nuestras debilidades, fracasos y penas crea un lazo común. La pérdida es un denominador común universal. Así que, si deseamos que otros se acerquen a nosotros en hermandad, atrevámonos a ser vulnerables. Eso requiere primero ser honestos con Dios y con nosotros mismos. Requiere permitir a otros que nos vean sufriendo y que lleven nuestra carga. 


Fuente: “El propósito de Dios en nuestro dolor