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Yo no podría creer en Dios, si no fuera por la cruz. El único Dios que yo creo, es aquel que Nietzsche ridiculizó como «Dios en la Cruz». En el mundo verdadero, lleno de dolor ¿cómo se puede adorar a un Dios inmune a ello? He entrado en muchos templos budistas y quedado respetuosamente de pie ante la estatua de Buda, sus piernas cruzadas, brazos doblados, ojos cerrados y el hilillo de una sonrisa en la boca, una mirada perdida en su cara, desapegado de las agonías del mundo. Pero cada vez, después de un rato, necesité alejarme de ahí. Pero mi mente se ha dirigido más bien a esa figura sola, torcida y torturada en la cruz, clavada de manos y pies, con la espalda lacerada, los miembros torcidos, la frente brotando sangre de los pinchazos de las espinas, la boca seca e intolerablemente sedienta, sumergida en oscuridad y abandona por Dios. ¡Ese es Dios para mí! Él dejó a un lado su inmunidad por dolor. Él entró en nuestro mundo de carne y hueso, lágrimas y muerte. Él sufrió por nosotros.

Fuente: Bread and Wine