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Te hago luz de las naciones para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra. No nos convertimos sólo, ni principalmente, para nosotros mismos; nos convertimos para Dios y para el prójimo. Nos convertimos para ser luz de Dios, para iluminar el verdadero camino que conduce hacia Dios. Por este camino queremos caminar nosotros y queremos que caminen todas las personas a las que amamos. Queremos ser señales de Dios, piedras miliares que indican el camino más corto y más recto que conduce hacia Dios. La conversión nos lleva a la misión. La persona convertida es una persona enviada por Dios, para orientar y conducir hacia Dios a las personas descarriadas, equivocadas, o pervertidas. Y lo hacemos con la luz de Dios, que es una luz que orienta, que invita, que llama, pero que no fuerza ni violenta a las personas. Tanto la conversión como la misión deben ser siempre una tarea libremente aceptada y libremente realizada. La Nueva Alianza no es ley que obliga y condena, sino consejo y llamada, invitación y gracia.

Fuente: Hacia una alianza nueva