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Me senté temblando, y en ese momento caí en cuenta de que, si miraba dentro de mi propio corazón, podía encontrar semillas de odio ahí también. Me di cuenta de que están presentes en cada ser humano. Los pensamientos arrogantes, los sentimientos de fastidio, la frialdad, el enojo, la envidia y hasta la indiferencia hacia los demás – éstas son las raíces de lo que aconteció en la Alemania nazi. Reconocí más claramente que nunca que yo misma necesitaba desesperadamente el perdón de Dios, y al fin me sentí completamente libre.

 Fuente: Setenta veces siete