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Muchos de nosotros todavía sentimos mucho más cómodos con un Dios justo que con un Dios misericordioso. Nos molestan esas parábolas extrañas sobre los jornaleros que trabajan por una sola hora y reciben el mismo pago como aquellos que labraron un turno entero bajo el calor del sol. No comprendemos por qué Jesús elogia el sirviente deshonesto que manipuló las cuentas y redujo la suma que debían los acreedores de su maestro. Queremos que la vida sea justa. Nos esforzamos en ser buenos; queremos recibir lo que merecemos. Por supuesto, nunca recibimos de Dios lo que merecemos. Siempre recibimos la misericordia, apretada y desbordante, inmerecida y maravillosa. De esa experiencia de Dios, brota la alegría de la Pascua. Somos amados, guardados y queridos, pase lo que pase.

Fuente: ¿Qué diferencia hace la Pascua?